6 de diciembre de 2013

Carlos Monti

                                                        

                                                  Voces del más allá

    Escucha murmullos que vienen desde el fono del pasillo. La casona que habita está rodeada de una mística extraña. La compró barata, dicen las malas lenguas que hay espectros que se ven en la noche. Fabricio no creo en esas cosas, con sus estudios superiores en física cuántica y la beca de la universidad, irá de a poco refaccionándola. Es verdad que hay algunos ruidos, las tuberías están muy viejas, comidas por el óxido. Algunos cuartos los clausuró, por el abandono y el olor moribundo, mezcla de ratas putrefactas y alimañas.
   El lunes, se llegará hasta el pueblo, pasando la universidad a unas cuadras hay una ferretería. Comprará lo necesario, caños nuevos, pinturas, clavos y un martillo. El que está en el galponcito contigua a la casa, le falta el mango.
Se pasa todo el fin de semana corrigiendo trabajos prácticos de sus alumnos, no tiene tiempo para dedicarle a la casona. Cuando cae la noche, comienzan los ruidos. Cree que hay un nido de comadrejas entre el techo de chapa a dos aguas y esas paredes de mampostería.
    Definitivamente se la vendieron barata por los ruidos y los olores mezcla de resaca y humedad avanzada. Piensa que todo se soluciona con echarles unas horas de trabajo.
   El traslado desde Buenos Aires, oriundo de la ciudad de Belgrano donde tenía todo al alcance de la mano, su trabajo académico, la novia que dejó ilusionada y esos bares literarios. No sabe por qué la facultad lo mando de golpe a ese pueblucho de mala muerte.  Repentinamente sin preámbulos previos, sin una carta de presentación, pero carajo parece que se fue huyendo.
   Llegó el lunes… preparó todas las carpetas con los trabajos prácticos corregidos, se subió a la vieja camioneta Ford f 100 que heredó de su padre, nunca fue muy amante de los autos, pero sí de los libros. Vino con dos bolsos de ropa y seis baúles con libros: de su trabajo, poesía, arte… -es su placer la lectura-.
   Dejó por un rato los ruidos de la casona, la facultad lo distiende, se distrae con los alumnos. Está como enfrascado en sus trabajos, los discursos, escritos sobre física, algunos ensayos sobre química. De golpe se acuerda, ya es hora de volver a la casona, pero antes pasa por la ferretería.  Estaciona su camioneta roja, descolorida por tantos años de dormir a la intemperie, sobre la acera de la ferretería del pueblo (Rojas, provincia de Buenos Aires).
-Buenas tardes –dijo cerrando la puerta de madera con ese gran vidrio.
-Qué necesita-le contesta el ferretero, ¡con aires de pocos amigos!
Se presentó -soy el profesor que se mudó la semana pasada a la casona. En las afueras del pueblo, me llamo Fabricio.
-Hay que tener coraje para vivir solo en la casona- acotó el ferretero.
-¿Por qué me lo dice?
-Mire usted es nuevo y no lo quiero andar inquietando con habladurías.
-No por favor cuénteme-Dijo Fabricio.
-Mire profesor hace como unos treinta años atrás, la casona estaba llena de fiestas, un matrimonio en buena posición, con cinco hijos, tenían un buen pasar. Que se evidenciaba en la construcción fastuosa, con una serie ininterrumpida de cuartos en tonos pastel, tuvo que ir cerrándolos por los ruidos y ese olor como a rancio y putrefacto.
-Una noche, vuelve el dueño de la casona de trabajar y… encuentra a su mujer en la cama con el cabo del pueblo .Un muchacho muy apuesto. El hombre enloquece y busca la escopeta que tiene guardada en el galponcito: de dos caños que usaba para cazar perdices, cerca de la casona en los campos contiguos .Sube a su habitación sin hacer ruido y les da un escopetazo a los dos.  Los chicos se despiertan llorando y se encierran en el cuarto de al lado. Hasta que llega el comisario y se lleva al asesino. Los chicos, los reparten entre familias de otros pueblos. Se dice que en noche de luna llena, en la ventana de arriba, la del dormitorio, se los ve al cabo y Elida como vagando entre dos mundos.
-Perdón profesor no quería asustarlo, hace como diez años que nadie habita la casona. Concluyó el ferretero.
-No se haga problema… yo no creo en esas cosas, los muertos, muertos están, hasta luego.
-Espere le ayudo a cargar todo a la camioneta, me dijo que también lleva un martillo.
-Si gracias y hasta luego- Acota Fabricio.
    Esa tarde volviendo a la casona, se quedo pensando en la leyenda que le conto el ferretero. Como es ateo y científico dijo para adentro,” esto es cuento chino-¡si no lo veo… no lo creo!”
   Volvió a su rutina de estudios y correcciones. Ya no subió al piso superior donde ocurrió la tragedia: por los ruidos y el olor. Que se tornaba cada vez más insoportable, de apoco tuvo que ir cerrando los cuartos. El dormitorio principal y los dos contiguos. De nada le sirvió tratar de limpiarlo y pintarlos ¿arreglar las tuberías y canaletas?
  Pensaba, esas comadrejas están cada vez más grandes. Ya no puedo dejar de escucharlas, hasta hacen mover las lámparas y esa araña hermosa que cuelga del living, frente a la chimenea. Se tuvo que mudar al sofá, rodeado de sus libros y ¡la máquina de escribir Olivetti!, una reliquia que conservó de su abuelo.
   Una tarde a la vuelta de la facultad, lo acompañó el desratizador del pueblo. Había sido recomendado en el almacén de ramos generales, donde compró los alimentos.
-Miré ya no puedo subir al primer piso de la casa, ¡Esos ruidos y el olor tan putrefacto, como si hay animales muertos dentro de la mampostería!
- Quédese tranquilo don, hay una vieja tubería dentro de la casa que da al sótano, hace como veinte años me metí. La recorrí toda, seguro que hay animales muertos, tantos años abandonada   desde la tragedia, pobre hombre como enloqueció- comentó Ramón.
-Esperé ¿cómo me dijo que se llamaba?
-¡Ramón!...Don.
-Bueno, ni sabía que había un sótano, lo acompaño- creo que cerca de la chimenea hay una linterna, la busco… y bajamos.
   Abrió la puerta de chapa, y un ruido seco se acomodó en la habitación. Estaba justo debajo de la alfombra del living, tuvo que correr la mesa ratona. ”Como para encontrarla”, pensó en voz baja. Comenzaron a bajar entre una nube de polvo, la escalera rechinaba con las pisadas, queriéndose romper los escalones.
  El sótano, era como una gran sala con tuberías llenas de tierra y telarañas. En el centro una salamandra inmensa, como para calefaccionar toda la casona. Como era primavera hasta el momento no tuvo frío. Al fondo muchas latas viejas y una bicicleta de niño y una cuna de madera en muy mal estado. Ramón se introduce por las tuberías. Como lo había hecho unos veinte años atrás, se lo escuchaba ir gateando y entrever los reflejos de la linterna, de golpe… ¡Un grito ensordecedor!, se siente como retrocede raspándose las rodillas, chorrea sangre, se baja como si un rayo lo ha penetrado. Me lo quedo mirando, él con su vista perdida muy perturbado. Lo zamarreo, ¿qué está pasando? 
   Se despierta de su letargo, Don… vi un a luz blanca, al fondo de la tubería y un espectro que me llamaba: estaba vestido con su uniforme de cabo y una señora atrás lo acompañaba.
-¡Don Fabricio! no hay animales muertos, la casona está embrujada. Yo que usted, ya mismo la abandonó.  O vaya en busca del padre Mario.- dicen que hace poco llegó de Italia, aprendió a sacar los demonios-, yo vi con mis propios ojos una de las pequeñas hijas del farmacéutico estaba con el diablo a dentro, hablaba en lenguas extrañas. A mí también me llamaron, porque la casa del farmacéutico tenía un olor nauseabundo y ruidos extraños. Un domingo después de misa se apareció con agua bendita y un crucifijo, bendecido por el mismo PAPA, dicen que la niña se retorcía y vomitaba bilis verdosa amarillenta mientras el padre le lanzaba el agua bendita en su cuerpo y decía sus oraciones.
   Me convenció, el domingo voy a misa, después le cuento al padre lo que está pasando con mi casona. Pasaron los días y Fabricio cuando venía de su facultad, se quedaba recluido en el living. Hasta había mudado una cama…-ya no tenía fuerzas para subir al primer piso-.
  A sus colegas, les pareció muy raro cuando no lo vieron llegar el lunes a la facultad. Era un profesor muy dedicado y correcto…los rumores le llegaron a Ramón y se acordó de la charla que había tenido la semana pasada.  Llamó al comisario, para que lo acompañara a la casona, nadie en el pueblo tenía noticias del profesor. Ni se animarían a llegarse hasta la casona. Fueron con el auto oficial. Ramón tenía un mal presentimiento, se miraban con el comisario. Cuando estacionó el auto cerca de la entrada principal, bajó la ventanilla, un olor a putrefacto se desplomaba en el ambiente.
  El comisario desenfundo su arma, e ingreso primero a la vieja casona. Lo siguió Ramón medio espantado.
  Descubrieron el cadáver del profesor tendido en la alfombra del living, con la mesa ratona corrida y la puerta de chapa entre abierta. Uno de sus brazos colgaba en el interior del sótano, como si lo quisieran arrastrar hacia su interior, en la mano diestra un crucifijo.
-Creo que no pudo ir a la misa del domingo, ni llego a verlo al Padre Mario- acoto Ramón.
-Mire, por las pruebas que le hice, lleva muerto desde el sábado.  Dedujo el comisario.


Autor: Segovia Monti.


Carlos Monti en la Feria del Libro 2014




Carlos Monti (Buenos Aires, 1961)
Presentó su libro “El Faro San Juan Salvamento” (nouvelle), en el Centro Cultural de la Universidad de General Sarmiento, en 2013.
Su libro “El Faro San Juan Salvamento”, participó durante el 2013 en:
    -Feria del libro “Libros como puentes” (Buenos Aires)
    -LOS FAREROS DEL FIN DEL MUNDO (Chile)
    -La Red de Cuenta Cuentos (España)
    -Feria del libro “Hispana” de Nueva York
    -Feria del libro local en Bella Vista
    -Centro Cultural San Martín
    -Cámara de comercio José C. Paz ( Plaza Sector Educativo)
Trabaja en la Biblioteca Educativa Rural  ESB 312, San Miguel.
Libros a publicar: “ La saga de los faros” y “Un mal trago en la calle Olabarría”.

Su Pág. en  facebook:

Una luz que otea
En
La inmensidad.
Un refugio
Para
Soñadores.
Un candil en los fríos inviernos
En la humanidad.
Un despertar de alondras y madreselvas
Un rugir de
Ecos
En los arboles
De los tiempos.




Las verdades...



Quién en este mundo, habla con la verdad, piensa con la verdad, siente con la verdad.  Una de las personas auténticas, verdaderas, sin prejuicios es Don Jeremías… No tiene nada que perder, ni cuentas que saldar. Hace como unos veinte años que se jubiló del ferrocarril, vive con una pensión austera pero le alcanza para sobrevivir.
Hace unos cinco años atrás, enviudó. Sus dos hijos dejaron el nido ya no se acuerda cuándo.  Tiene un banco con esterillas, lo saca  todas las tardes, después de la siesta, con el mate recién cebado y se acoda en el viejo umbral de la fachada de la casa humilde que habita. Sus manos temblorosas dejan cuenta del paso de los años.  Esas arrugas en el rostro de la época de señalero, con el farol. Pasó miles de noches en andenes de tantas estaciones que no se las podría acordar. Saluda a los vecinos del barrio, haciendo una reverencia con el sombrero. Es de esas personas que todavía  se viste con pañuelo al cuello, bombacha de campo, camisa clara y una faja negra recorre su cintura.
Lo saluda a Don Eustaquio, paisano que lleva vivido más de noventa años con un caminar calcino y una cojera que lo acompaña desde el día que un potro muy brioso lo tiró de su montura. Casi se desgarra la otra pierna con la espuela y esas estrellas de metal se le introdujeron en la carne.
-Hola, cómo anda paisano, ¿salió a tomar el calor de la tarde?-dice Don Jeremías.
-Sí,  me vendrían  bien unos mates –Don Eustaquio se sienta en el mármol frio del zaguán.
-¿Se acuerda de joven?, cuando corríamos carreras cuadreras, mi yegua  cimarrona, como volaba…  ¡sus pezuñas casi no se apoyaban en la tierra! -rememora Don jeremías
-Sí… pero mejor  ¿no se acuerda de mi potro tordo y brioso?, ¡corría como un rayo!
-Me retiro- saluda Don Eustaquio.

Don jeremías se quedó pensando en su juventud. En su primera novia Sofía, hermosa como la vida misma, con una sonrisa que enamoraría hasta el más terco. Comenzó a tener sueño, con la brisa de tarde guardó el mate y entró a la vieja casa con un solo cuarto. Puso la pava al fuego y se preparó una sopa, la única ración que podía tomar de noche.
El amanecer lo despertó de golpe, la luz que se colaba por la ventana le daba justo en los ojos. Se levantó, comenzó  a vestirse con su camisa dominguera, la mejor bombacha de gaucho, su sombrero. Tomó el diario, sé colocó las gafas y se dispuso a leerlo. Las noticias las sabía de memoria, hacia como un mes que las leía… Pensó “en un rato el Padre toca la campana, e iré a misa”.
Caminó hacia el pórtico y tomó la calle. No eran muchas cuadras hasta la iglesia, ¡tenía que pasar por la plaza del pueblo! Caminó despacio como si los pies le pesaran, unas varices se habían apoderados  de sus pantorrillas.
Cruzó la plaza, el polvillo de ladrillo se le pegó en los zapatos con el rocío mañanero. Se agarró unas insoportables ganas de orinar, busco el árbol más grande para esconderse… Ahí vio una caja metálica color verde… La tomó y se sentó en el banco de granito, la abrió. Muchos billetes de todos los colores llenaban  su interior. Miró para todos lados y no encontró al dueño…
Volvió a su casa tenía una fortuna en esa caja. Ahora por primera vez en su vida, no sabía qué hacer: Llevársela a la policía y contarle que encontró la caja de chapa en la plaza. Llamar a sus dos hijos que hacía años que no lo venían a visitar y preguntarles qué querían hacer con la plata. Ir a la iglesia y hablar con el Padre José y explicarle lo sucedido.
Se quedó toda la tarde pensando. En la hora de la siesta no pudo pegar un ojo, dio vueltas con la almohada, hasta que se le cayó una idea: ir a la misa de la tarde, a última hora cuando hay pocos feligreses y entregarle todo al padre. Era el indicado para distribuir esa plata entre los pobres.
Se vistió para la ocasión, se acomodó el pañuelo con la traba de plata y su sombrero negro que tanto quería. Tomó la bendita caja de chapa, encaró para la iglesia a encontrarse con el padre y la misa que se había perdido a la mañana, por el incidente.
Al cruzar la plaza, unos ruidos entre los árboles en la casi noche lo sorprendieron. Al girar su torso un puntazo en su costado derecho lo volteó. Se le cayó la caja de chapa-… Unos malandras la tomaron y desaparecieron corriendo.
 Se encontró tendido, en el camino de polvo de ladrillo de la plaza. Su pierna izquierda rotada y de su costado derecho salía a borbotones la sangre manchando la camisa blanca dominguera. Se escuchaba su jadeo… una película de fotos superpuestas empezaron a circular en su cabeza.
Pensaba que le había llegado su hora. Se lamentaba de haber dudado esa mañana y no haber ir directo a misa, ¿Por qué tuvo que detenerse  a orinar? Como si el diablo hubiese metido la cola.
Seguía perdiendo sangre, un dolor le penetraba su costado, era muy agudo, como fantasmagórico. Quiso en vano tratar de recordar el rostro del que le dio el puntazo. Al mirar por el rabillo de ojo vio la cúpula de la iglesia al otro lado de la plaza. La cruz de Cristo le trajo paz y tranquilidad… Ésa es la última imagen que vio en este mundo.





Un Amanecer diferente                                                                                                  
                                                                                       (No desearás
                                                                                         a la mujer del  prójimo.)
                                                                                                                           
                                                                                                                                                                

     Las primeras luces de la mañana dejaban vislumbrar, un bulto en el andén.
     La estación de San Miguel, muy concurrida por trabajadores cuenta prosistas, changarines y simples  obreros. Estaba agolpada pergeñando una improvisada ronda, al rededor de ése bulto.
    Darío, era un peón de albañil. No llegó al puesto de oficial. Sin  estudios primarios completos, muy hábil con sus manos, realizando finos trabajos de mampostería. Todos los días viajaba en el tren San Martin, subiendo en la estación de San Miguel. Conocía de memoria el andén, caminaba veinte pasos en dirección al sur y aparecía el quiosco. Se había hecho adepto a unas pastillas refrescantes, le sacaban un poco el aroma a cigarrillo, que tenia impregnado en sus pulmones y en sus dedos amarillentos.
    La humedad, el rocío que se acumulaba le daban al andén, una imagen fantasmagórica, casi animal. El colectivo cuatro cuarenta colorado de cartel amarillo, lo transportaba a su barrio Manuelitas. Paraje muy humilde, con gente de manos transpiradas y callosas, con miradas sombrías y lúgubres.
   EL tren lo depositaba cerca de su trabajo.se bajaba en Palermo, después de caminar unas veinticinco cuadras, no se podía dar el lujo de tomar un colectivo,  llegaba al obraje.
   Había peones con cascos amarillos, ruido a cinceles, golpes de masas pesadas, hierros contra hierros y olor a cemento.
   Muchas horas de trabajar bajo el sol implacable de enero. Su camisa  totalmente transpirada, sus manos le hervían. El  esfuerzo era extremo, doblar  ayudado por su rodilla los oxidados hierros del ocho. Cuando por fin terminaba su jornada, se lavaba en un piletón maltrecho, con los pocos enseres que poseía, una toalla sucia y un jabón roído, manchado con grasa.
    Caminaba con su bolsito  marinero, hasta la estación  y se bajaba en San Miguel. Apoltronándose en el bar mal oliente. Cargado de borrachines y pendencieros.
   Una de esas tardes, que andaba con el pié izquierdo, cuando sus instintos, liberaron  lo bestial que tenía atrapado dentro de su cuerpo, sedujo a Laura. Una morocha hermosa, impactante, con más curvas que suspiros. Ojos saltones color miel y una sonrisa cautivante. Con cierto dejo de complicidad, su pelo cobrizo, le llegaba justo a la cintura.
   Unos pocos encuentros carnales, donde sus torsos, se transportaban en un candoroso frenesí.
   No tardo mucho tiempo la pareja de Laura  en enterarse de lo acontecido.
   Estudiando los movimientos y los horarios en que tomaba el tren Darío, hasta la ropa que  llevaba puesta.
   Un amanecer con un puñal rastrero, lo esperó en el andén. Que Darío conocía de memoria.




 Quererte

Buscar entre las piedras distantes
Un reflejo
Destello
De inmaculada pasión,
Ronronear en pos
de un suspiro,
deambular sintiendo
tu perfume.
Abrazar la  figura
Que se desvanece
En la
ya
noche entorpecida.
Reflejarme en tu diminuta                                                                                                                                                      
Sombra,
Fundirme en un suspiro
Y
Atrapar tu pelo
Hundirme en la desnudez
De tu cintura.



                                                 Autor: Segovia Monti.
                               
  
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