10 de marzo de 2014

Sergio Vaca

   Escritor espasmódico y compulsivo (lo peor es que se nota). Interesado en las ciencias duras, los quesos semiduros, las personas tiernas, casi todas las formas del arte (menos el ballet, pero por pura envidia) y dedicado como puedo a todo eso, lo que me convierte definitivamente en uno del montón que, no obstante, a veces crea expectativas que más tarde o más temprano defraudo gentilmente.
Tengo 47, 37 merodeando estas coordenadas, algo así como a los 23 participé de una revista local que me enseñó todo el ruido que puede hacer el papel. “Callejón”, la revista, uno de esos imprescindibles como los cocineros de Alejandro que recuerda creo que Kavafis. Entusiasmado publiqué un volumen de cuentos breves a los 25 o 26 “Variaciones sobre la muerte y otros cuentos”, porque me interesa el tema de la muerte, y del tiempo que nos acerca y de los afectos que piadosamente nos distraen. Miembro de ADEL (Asociación de escritores y lectores de General Sarmiento) en su momento, ganador de alguno que otro premio o mención en concursos literarios de mérito dispar, no hice mayor aporte a las letras, pero un par de lectores mal entretenidos me citan de memoria y con eso y el prólogo a mi libro que escribió el legendario Humberto Rivas, me doy por bien pago.
Les acerco unos cuentos con la esperanza de que valga la pena releerlos.                                                        

                                                     Caburé

En el bar de Tarsia la milonga se armaba. No se anunciaba ni tenía días y horarios habituales, ni ningún programa predecible. Sólo había señales que interpretar, como quien ve el cielo de tal o cual color y espera inciertos chaparrones.
Generalmente el aire se saturaba de humo y la charla de los parroquianos naufragaba en un ritual de hastío que se iba poniendo incómodo, hasta que el viejo Tarsia dejaba de repasar los vasos sin éxito higiénico alguno, salía de atrás del mostrador, corría las mesas hacia los costados y en seguida pintaban un par de guitarreros, un cantor copeteado de tinto de la casa y varias minas surgidas de la nada que, a costa de previsoras ginebras, se veían buenas.

De más está decir que el noventa por ciento de las historias que circularon durante décadas en el ambiente tanguero acerca de aquellos bailongos eran tan falsas como la uruguayez de El Morocho, pero bastaba el diez restante para justificar el desfile de taitas y milongas que se apersonaron al velorio del viejo, ahí mismo en el bar, desde la tarde que se apoyó en la máquina de café exprés, dejó el repasador sobre el estaño y dijo con un tono sin deudas ni rencores: “¡Salute muchachos!… no va ma’…”
Para mí que esta que me contó mi tío cuando le pregunté qué hacían esos tamangos con las dos punteras manchadas de verde colgados junto a la foto autografiada de Magaldi, es posta y merece estar entre los evangelios de la noche porteña.

-          Fue en lo de Tarsia, pibe –me dijo -; yo bailaba lo mío y mis adornos cosechaban mentas del Bajo hasta el Centro, pero claro, si la fama es seria no le puede faltar un condimento de mala leche. Entre admiradores y sanos envidiosos se colaban los frilos creídos de cachafaces que, sin haberme visto bailar, deslizaban frases burlonas y cada vez más bravas…
Hizo chillar el mate, miró largamente los zapatos como pidiéndoles letra y siguió:

-          Supe que Pilo Maldonado, un petiso pedante que copaba la parada en lo de Tarsia, aquella noche de gloria fofa echó alas y boqueó que mi estilo era afeminado. Entonces me pudrí.  Aprovechando el relativo anonimato – nunca había pisado esa milonga y antes los diarios o las revistas no vendían moco de pavo ni publicaban el escracho de cualquier gil como hacen ahora, así que pocos me junaban y mis hazañas eran puras habladurías sin cara -, dequerusa, te decía, fui de punto la velada siguiente y con un solo tango hice saltar la banca del aplauso.
Me acuerdo que entré y me acodé en un rincón apartado de la barra a esperar mi momento. Ni bien Maldonado terminó su numerito me paré sin alarde, manoteé una tiza de la mesa de billar, cabeceé a la milonguera que bailaba con el as de cartón – hoy tu tía -, y enfilé hacia el hueco que mi atrevimiento abrió en el centro de la pista. Los músicos arrancaron con Flores Negras como para romper ese silencio de película que amenazaba durar para siempre, dejé caer la tiza y eduqué a la monada.

Carraspeó, prendió un negro sin filtro y continuó:

- Otro silencio tenso ganó la noche cuando terminó el tema, pero este duró menos. Un habitué aplaudió con ganas y desató la batahola de vítores que llegué a escuchar a doscientos metros mientras me alejaba camuflado por tanto entusiasmo. Entonces me buscaron por todas partes para saludarme, saber quién era, en una de esas arrimarme un pernod; y se habrían quedado en ayunas si ese borrachín no hubiese señalado la pista donde, escrito parejito con tiza verde, les dejé rubricado: Caburé…


Cuando terminó de contar le caía una lágrima y sonreía, pero más sonreía. Entró la tía y se ofreció a renovar el mate.



Manón y los restos de Corina.

Durante los últimos catorce o quince años pasó a diario por la vereda de enfrente. Mientras, la maleza ganaba las grietas del patio, rompía baldosas sexagenarias y ocupaba terreno como un ejército silencioso de autómatas verdes, trepaba los muros y se descolgaba para, poco a poco, colonizar la mapoteca y el pañol, últimos vestigios de la escuela número veintiséis donde aprendió todo lo necesario para escribirle versos a Corina, y creer que la seducía, entonces joderse los primeros pasajes de la vida.

Miles de recreos sacrificó sus galletitas en ése mismo patio, y ella que chupaba alguna y la tiraba, o estrujaba el paquete para rociar de migajas el pelo negro, lacio, pesado igual que aguas cayendo de Luciana, contra quien perfeccionaba el odio y el desprecio por todo otro mortal que la acompañaría siempre, hasta su final sombrío y prematuro. Por supuesto eran Manón y venían en paquetes de cuatro. Quién sabe si ricas o feas, eran como el aire. Qué hay si a alguien el aire no le gusta, de cualquier modo tiene que respirarlo todo el día hasta que la necesidad se lo hace bueno. Tan así, no llevar las Manón era como ir sin guardapolvo, olvidarse el cuaderno, no haber repasado la tabla del tres; preferible andar por la infancia sin vaso telescópico ni cepillo de dientes, pero jamás sin las quién sabe si ricas o feas galletitas Manón.

Varios de los juegos raros que fueron inventando a medida que sus niñeces se cubrían de deseo y vello giraron alrededor de aquellos bizcochos (en esas invenciones ella era hasta la locura de perversa, capaz de comprometer toda salud mental en el ampuloso ludibrio del instinto). El más simple consistía en vendarle los ojos a él y obligarlo a descubrir, nomás valiéndose del olfato, en qué parte de su cuerpecito satánicamente perfecto había escondido la golosina. Si llegaba a rozarla apenas con la punta de la nariz recibiría cincuenta latigazos –para eso, a la hora de elegir un recuerdo de su abuelo, militar de caballería, se llevó un rebenque de mango de asta y cuero bien curtido–, en cambio, si él encontraba su tesoro podría besar el sitio del hallazgo, aunque la verdad es que Corina alteraba las reglas a su antojo según prefiriera pegarle o ser lamida, cosas que le proporcionaban idéntico placer.

Luciana, quien lo quería en silencio y la detestaba a gritos, jamás entendió ese género de esclavitud. Verlo casi babear mientras le ataba los cordones o mientras era recriminado por no tenerle lista la tarea la enfurecía, pero al cabo, aquella era la misma fascinación que no le permitía reaccionar frente a sus constantes ofensas, parecían pequeños pájaros hipnotizados por una serpiente.
Desde lejos vivía observándolos. Oculta, fisgoneaba los juegos que ellos fingían secretos, y seguía viéndolos en la penumbra de su cuarto, mientras se masturbaba con un chiche distinto cada día, como si sólo conservara de la infancia un caótico juego de encastre.
Acechándolos fue que descubrió el túnel inexplicable que unía el baldío del fondo de lo que había sido una calderería, en los tiempos en que el país crecía y necesitaba vapor caliente en las venas, con los sótanos de la escuela, donde un coro de ratas solía relatar las andanzas del muchacho esmirriado, de manos atadas a la espalda y capucha ciega, que se laceraba las carnes contra los restos de pizarras y pupitres arrumbados a por una perrita en celo.
Ella misma, Luciana, llevaba sus chiches a aquel sitio y se inventaba nuevos vejámenes. Aún cuando ellos abandonaban el lugar, Luciana se quedaba recogiendo reliquias del encuentro: trozos de piel olvidada en mandíbulas de fundición de hierro o un frasquito del barro que hacían con sus orines para dibujarse runas en los cuerpos. Fue así como dio con el esqueleto usado alguna vez en las clases de ciencias naturales y desechado en nombre de esa nueva didáctica que abomina de la realidad y prefiere modelos de goma eva. Entonces no dudó siquiera un instante en convertirlo en instrumento de su venganza. Acaso por contigüidad entre la imagen de los restos humanos y la idea de la muerte, acuñó la certeza de que aquellos despojos irían a servirle para mandar a su rival a mejor vida.

Claro que la venganza bien entendida se toma su tiempo, y antes de ser objeto de la inapelable sentencia de Luciana, Corina prodigó toda su ponzoña en especial sobre él, que a esa altura ya destilaba un masoquismo extremo como expresión del amor enfermo que sentía.
El último año de la escuela secundaria lo encontró apenas vivo, sometido a largas y extenuantes jornadas de trabajo cuya ganancia destinaba íntegra a financiar caprichos y clases privadas de guitarra cada vez más frecuentes, de las que ella salía sonriendo y con el cabello mojado.
Por si fuera poco, los juegos carnales de la infancia se habían desbocado y no era raro que a los azotes acompañen anoxias, sangrías y fagias variopintas. Ahora las Manón servían para lastimarle regiones sensibles del cuerpo, o como sustrato donde presentarle un canapé neurótico de inmundicia.

Luciana en tanto seguía sin conocer hombre, pero ya había ensayado sobre su humanidad objetos de formas, materias y tamaños inverosímiles. Fue en el ejercicio de una de aquellas intrusiones cuando concibió el plan. Un poco de todo: su pasión por la historieta, su habilidad extraordinaria para dibujar, su hambre de hurgarse con cosas las cavidades virtuales, la lascivia gomorrita de Corina, el esqueleto y veneno para ratas.
Dos décadas antes de que se popularizara en occidente el manga erótico japonés, Luciana exageraba sobre el papel curvas y oquedades femeninas infernalmente poseídos por seres de ultratumba, perfeccionaba villanas corrompidas por la preferencia venérea de lo exánime con el rostro y la anatomía hermosa de su enemiga. Puntual, de marzo a junio del ’75, dejó cada miércoles uno de esos dibujos entre los apuntes de Corina y esperó a que los propios apetitos de la chica terminaran devorándola desde adentro como parásitos malditos.
Pronto aparecieron señales inequívocas de que la maquinación daba sus frutos. Corina comenzó a imitar las ropas oscuras y ceñidas que Luciana hacía a sus abyectas criaturas, empalideció con polvos su piel ya de por sí muy blanca y dio profundidad cadavérica a sus ojazos negros maquillándolos con precisos tiznes de Coty. Por otro lado lo obligó a él a dejar de alimentarse, hasta que mediando los huesos y el pellejo no terció músculo ninguno; pero aún así aquella escualidez le devino insuficiente y terminó desterrándolo de su escenario lúbrico cuando ingresaron –en todos los sentidos imaginables del verbo– al principio modestos húmeros, radios y cúbitos, luego tibias, peronés y los más satisfactorios fémures,  y finalmente omóplatos, isquiones y hasta el mismísimo ensamble craneal, todos ellos escrupulosamente macerados por Luciana durante meses en un cebo exterminador de roedores y abandonados, como quien no quiere la cosa, sobre el pupitre de Corina.
 Los estragos que él infringió o permitió infringir a su cuerpo, sumados al mortificante desprecio de su ama, acabaron llevándolo a la populosa y mal ventilada sala de terapia intensiva de un hospital ignoto de los arrabales. Allí pasó diez días alternando ratos de conciencia y comas más o menos profundos, hasta que finalmente lo dieron por sano y lo devolvieron a lo que iría a ser el resto de su existencia.
Si no hubiese sido tan joven, jamás se habría repuesto de la noticia. Luciana misma, una vez que lo supo aliviado, con esa bien fingida mueca de dolor que se aprende en los funerales de gente casi desconocida, le comentó que aquello había ocurrido, que fue una sorpresa para el barrio, que no imaginaba que Corina tuviera ratas en la casa, que hay que lavarse bien las manos cuando se manipulan esos empastes… en fin, le dijo que cuando falleció, ella tenía una concentración pavorosa de talio en la sangre, suficiente para morir dos veces.
Los médicos no supieron darle mayor detalle, le repitieron la versión obvia de la ingestión accidental de veneno y no había motivos para reprocharles negligencia alguna, después de todo las desgracias de ése tipo eran habituales y la absorción de tóxicos por vías non sanctas inconcebibles, máxime en una muchachita así de moza, de quien se podría haber sospechado incluso la condición de virgen.
Lloró, estuvo un tiempo solitario y volvió a subirse al mundo cuando entendió que el mundo no espera.

Durante los últimos catorce o quince años pasó a diario por la vereda de enfrente, pero hoy decidió cruzarse y pasar por la propia fachada del edificio abandonado de la escuela. En el desayuno le robó una Manón a Esteban, el menor de los tres chicos que tuvo con Luciana, y como una especie de ofrenda sin demasiado sentido ni porqué, la tiró por encima de la tapia.
Está contento. Fantasea que la masita se partió en varios fragmentos al estrellarse contra las baldosas sexagenarias del patio. Imagina que las migajas ya lanzaron sus voces de vainilla y que se alistan a comerlas mil ratas herederas de aquellas otras, que lo vieron deambular a ciegas a por una perrita en celo.




Por la causa.



I

De ninguna manera permitiría que el día se le escurriera por la rendija del desgano como casi todos los otros días de su perra vida lo habían hecho. Saltó de la cama, se cepilló los dientes canturreando una tonada cursi, puso esmero en prepararse un café que tomó con los ojos cerrados, atento al calor de la taza templando sus manos y a los fantasmas de vapor prodigándole aromas de hogar a sus narices hartas de tufo suburbano, y salió.

Una noche de la semana anterior, acaso un jueves, a los pies del féretro había perdonado a ése padre todopoderoso que lo aplastó bajo su sombra hasta el último aliento, pero que al fin tuvo la delicadeza de morirse sin exagerar la convalecencia. Sintió que de pronto la atmósfera era puro aire fresco, sintió que los maltratos del carcamán eran parte de un mal sueño, sintió que la experiencia estaba esperándolo en la vereda para mostrarle que no todo lo humano era miserable y patético.

Su madre había muerto en el parto y el viejo, quien, dicho sea de paso, nunca quiso a nadie demasiado, sobreactuó el dolor de aquella pérdida culpando a la criatura. Así, desde muy pibe debió ocuparse de la casa en reemplazo de la mujer y hasta muchacho fue servidumbre del cabrón. Sometido de chico, había naturalizado su calvario - no existe peor prisión que la de siquiera imaginar la libertad -, y cosas como no conocer horizonte distinto de las dos o tres manzanas donde se aprovisionaba de víveres, o el desnudar las nalgas para recibir chirlos o cinturonazos según fuera la insatisfacción del perverso, le  parecieron parte de los quehaceres domésticos.

La enfermedad postrante del padre y la inevitable irrupción del mundo en su casa presidio dieron comienzo a su educación. Virgen de cualquier escolaridad pese a que contaba unos veinte años – ni él sabía cuántos, ya que el día de su nacimiento no fue jamás motivo de celebración y la fecha precisa se había diluido en el charco del desinterés –, aprendió en el par de meses de agonía del viejo que también su carne menoscabada e inexperta estaba hecha para el riesgo y la oportunidad de vivir más allá de la mera biología. Por primera vez se sintió un hombre entre los hombres.


Salir a mezclarse con las gentes era para él un curso acelerado de urbanidad. Se proponía pequeñas metas como ir al cine, tomar un café en las mesas de la vereda de cualquier confitería del Centro, subirse a un colectivo para bajarse según dictados de su antojo a caminar sin rumbo ni obligación por veredas llenas de novedad, en fin, lo que las muchedumbres hacen cuando consiguen sacudirse la rutina. Antes de acostarse repasaba los hallazgos del día y planeaba minuciosamente la incursión de la jornada siguiente como un ladrón de bancos, un general o el mismísimo Casanova.

La noche anterior no pegó un ojo. La idea de tomarse el subterráneo y recorrer las inimaginables vísceras de la ciudad lo mantuvo inmerso en una gozosa vigilia. Tan pronto como sonó el despertador, saltó de la cama, se cepilló los dientes canturreando una tonada cursi, puso esmero en prepararse un café que tomó con los ojos cerrados, atento al calor de la taza templando sus manos y a los fantasmas de vapor prodigándole aromas de hogar a sus narices hartas de tufo suburbano, y salió.

II

Ella no tuvo mejor infancia, en realidad, ella no tuvo ninguna infancia. Su padre murió el día de su nacimiento víctima de una granada que por si fuera poco mutiló los brazos de su madre, conque no conoció otra caricia que la de la brisa nocturna del desierto. Quedó sola de niña, cuando la salud de su mamá cedió a la falta de medicina que el bloqueo militar impuso a aquel pueblito sospechado de albergar rebeldes.

Para sobrevivir y para que su vida tuviese algún sentido se incorporó a un grupo activista que, frente al la sordera, el desprecio y la persecución de los invasores, devino en una especie de milicia improvisada y variopinta. Qué más daba, un grupo era un grupo, con sus relaciones, sus afectos, sus tensiones, su proyecto común y la contención que su familia diezmada ya no podría darle.

Creció armando y desarmando artefactos de muerte como si vistiera y desvistiera muñecas. Mientras hijas o nietas adolescentes de quienes lucraban con el sojuzgamiento de esas gentes daban rubor a sus mejillas en procura de maridos apetecibles, ella se embarraba la cara para evitar ser blanco de una bala imperial; mientras madres y tías de esas chicas afortunadas celebraban menarcas y pechitos prósperos, para ella menstruar era tener que lidiar con otro obstáculo a su clandestinidad y, pese a que su cuerpo honraba generosamente la belleza que toca a la mujer, aquel estado de guerra permanente la mantuvo ajena a todo erotismo.

Había sido criada para servir a la causa y finalmente tuvo su misión. Claro que “la causa” era plástica y se recreaba todo el tiempo de acuerdo a la conveniencia de las potencias interesadas. Aunque, la verdad sea dicha, para entonces la espiral de odio se había independizado aun de la perversa racionalidad geopolítica y había dado a cada rebelde un motivo distinto, legítimo y, allí donde no había lugar para la justicia, comprensiblemente ligado a alguna forma de venganza personal.

A la hora precisa, un conmilitón detonaría a distancia los explosivos de su mochila llamándola al teléfono móvil y ella estallaría en un sitio concurrido sesgando el porvenir de decenas de inocentes que poco más que nada tendrían que ver con el conflicto. “Hecho repugnante y criminal” titularían con buen tino los diarios del día siguiente, pero qué conocía ella distinto de la repugnancia y el crimen, ¿no era tan estúpido pedir humanidad y razón a quien creció sumido en la barbarie como lo sería exigir a Tarzán modales de etiqueta?

Recogió la mochila, sincronizó el reloj y se dejó tragar por la boca del subterráneo como por un destino letal e inevitable.


III

Él subió en una de las terminales y ya se disponía a bajar cuando vio a la chica en el andén. Se abrió paso entre los pasajeros y, sin saber por qué ni para qué, trató de ubicarse frente a la puerta donde ella iría a subir. Cerró los ojos seguro de poder adivinar cuál de todos los olores humanos nuevos que se agregarían desde afuera correspondía a la morena pequeña y deliciosa que hacía ya unos cuantos segundos  tiranizaba su voluntad. Efectivamente, acertó. Cuando sus párpados cedieron a las ganas tremendas de mirarla ella estaba allí igual de embobada, igual de rara, sorprendida por la revolución madre de todas las revoluciones.

Aun en control de los esfínteres ambos los sintieron peligrosamente relajados. El vello erizado como un campo de antenas a la espera de la señal más débil y un sonrojo incómodo los arrojaron a la experiencia nueva de desearse. Entonces algunos la vieron consultar la hora y esbozar una mueca de espanto, vieron como corría hacia una ventanilla y tiraba bien lejos la mochila.

El rencor ilustrado de Las Cortes no encontró que el arrepentimiento fuera atenuante. Ella debió purgar varias condenas de por vida. La condena del encierro, la condena del oprobio de su pueblo traicionado, la condena de haber encontrado nuevos sentidos a su vida, tardíos, inalcanzables, todos del lado de afuera de la reja. Pero el tiempo sopla sobre la historia humana y borra sin prisa nuestras huellas. Así, sucesivos y más tremendos crímenes quitaron los ojos de la propaganda colonialista de su personita morena, y pudo recibir la flor que él le traía a diario, escuchar sus crónicas de descubrimiento citadino y, sobre todo, cuando años de conducta inobjetable le ganaron el derecho a recibir visitas higiénicas, engendrar a quien devolvería la paz a esas naciones.