20 de septiembre de 2015

Florencia Flores

Hace 19 años que colecciono mitos, babas de perros y egosfluídos y que mi nombre verdadero es Florencia Flores

Un pedazo de realidad sublimada,
 una cuarta pared que se rompe en dos
 y que despliega una entrada para más extraños.
Una porción de realidad a velocidad increíble:
a través de las ventanas sólo veo oscuridad
 y un aire subterráneo me despeina.
¿Quiénes son todas estas personas compartiendo
mi pedazo de realidad pasajera?
Un viejo ojos-azules bizcos se
babea mirando la luz del techo,
sonríe como una polilla que va a caer machucada
al piso, contribuyendo a la costra de mugre .
Un fisura en Lavalle con una bolsita,
la misma bolsita de los pibitos-Retiro jalando miseria,
un vago recuerdo del que vende porquerías
 adelante de un conteiner podrido de basura
 para no perder la sensación de estar en casa.
Una gorda con la cara grasosa y brillante
se rasca la cabeza y lleva la misma mano a su boca,
 se manda un piojo, lo mastica suavemente:
proteína pura.
Un zumbido insoportable: el telón está por abrirse,
la realidad se rompe en dos:
Retiro, una voz artificial dice que estamos en Retiro,
quilombo-hormigas-calambre.
Mientras las ventanas se acercan a la luz de la
estación, a la vieja que duerme con su lengua
epiléptica afuera,  yo pienso
en qué estará haciendo el resto del mundo ahora,
 ¿Cuántas dimensiones abarcamos diariamente?
¿Cómo saber que esto es real y terrenal?
¿Esto no es un sueño? ¿La realidad es así de vomitiva?
Un olor a ciudad me golpea la cara,
los flâneurs y la mierda se pasean en Audis,
 entre las luces fugaces, entre los muros de concreto,  
esquivando la miseria.
Las campanadas de una iglesia que ignoro me detienen,
la dimensión se desublima (manos-sudor,
los pies en la calle, vaho-alcantarilla, vómito-noche)
imposible desarticulación de la rutina,
de la realidad de cuatro paredes opresivas o un vagón,
la realidad no soporta el arte poética.

1 de septiembre de 2015

Maximiliano Rau

      Nació en Capital Federal        
Vive en Los Polvorines. 
Provincia de Buenos Aires.  Cartero. 


      PAQUETES Y BOTELLAS ABANDONADAS

Hugo toma de cualquier botella que encuentre por ahí en lo de Cascarita. Esas botellas suelen quedarse en el comedor por semanas, sin tapa y al alcance del polvo y los bichos. Pero lo que hace que Cascarita se preocupe por la salud de su amigo son los químicos en mal estado, cancerígenos de por sí.
-¿Se puede tomar esto?- pregunta Hugo, estirando el brazo.
-No sé, loco; hace una banda que está ahí.
Pero la mano de Hugo también ya está ahí y, como para no desaprovechar el movimiento, agarra la botella y se la lleva a la boca.
Cascarita piensa que, por lo menos, no es peor que tomar de una botella de plástico, encontrada en una bolsa de basura en la calle, usada como jarra para mesclar el vino con coca; o a cuando Egui agarraba cualquier tetrabrick o botella abandonada a medio vaciar en la calle y tomaba sin problemas. Cascarita también tomó una vez de esas botellas siniestras; era imperdonable dejar medio cussenier de chocolate tirado ahí. Aunque, incluso esa vez, el primero en probar el contenido fue Egui.
Las cosas abandonadas son toda una historia. Siempre hay alguien que dice en broma cada vez que otro levanta algo de la calle:
-¡No, boludo! A ver si tiene droga…cuando se sabe que es imposible que a alguien se le ocurra dejar la droga tirada por ahí en alguna botella o cigarrillo en la vereda. Y si así fuera, muchos estarían agradecidos.
Aunque una vez, sólo una vez, pasó. Cascarita, a los catorce años, todavía no tenía vicios. Una noche se fue temprano de un cumpleaños de quince con Ismael para deambular, por primera vez de madrugada, por San Miguel, ansiosos de conocer de noche los mismos lugares que siempre habían visto de día. Estaban sentados en la esquina de la heladería Sorrento, cerrada a esa hora. Un grupo de chicas pasó frente a ellos y a una se le calló una caja de cigarrillos.
-Ese paquete está lleno- dijo Ismael.
-No, ¿qué va a estar? Seguro lo tiraron.
-Boludo, te digo que vi cuando se les cayó. Aparte, sonó como a lleno.
Disimulando, caminaron hasta ahí. Ismael lo pateó hacia un costado y lo levantó. Estaba lleno hasta más de la mitad. Sacudió la caja de malboro para contar bien los cigarrillos y notó que había algo más. Lo sacó tomándolo con los dedos: era un porro. Se miraron entre ellos.
Fueron a sentarse a los bancos de cemento que hacía poco habían puesto tras la galería Trillini, donde pasaban menos autos. Ismael tenía el porro en la mano y lo miraba. Cascarita, aunque a esa hora no pasaba nadie, miraba todo el tiempo a derecha e izquierda en la calle silenciosa.
-¿Lo prendemos?
-No sé, che- dudaba Cascarita-. ¿Y si viene la policía? Mejor lo tiramos, ¿no?
Ismael asintió apenas. Después de que lo olieron los dos y sosteniéndolo entre los dedos para mirarlo una última vez, Cascarita lo tiró hacia atrás.
Caminaron hasta la esquina y se miraron.
-¿Vamos a ver dónde cayó?-propuso el Ismael
-Dale.
Volvieron. Estaba en el agua junto al cordón de la vereda, empapado y casi desecho. Se terminó de desarmar entre los dedos de Ismael.
Ahora, muchos años después de este milagro, Hugo toma dos tragos de la botella verde y abandonada en el comedor de la casa de Cascarita. Tragando apenas, pone cara de asco.
-No da ni ahí esto- dice, dejando la botella donde estaba.


SER TODO
 
     El encendedor verde vuela por el aire y cae atrás de la cama, produciendo una especie de melodía al golpear varias veces contra esta y la pared de madera. No lo vuelvo a ver y, por más que revise y lo busque, SÉ nunca lo voy a volver a hacer.
     Cuando era chico tenía una bolita de goma transparente, llena de vetas de colores en el interior. Jamás había visto una pelotita que rebotara tanto; era imposible controlarla.
     Jugábamos una noche con mi hermano y mis primas en el living de la casa de mi abuela. La superficie del suelo de parquet era ideal para que la pelotita rebotara y no saliera impulsada para cualquier lado, pero era inevitable que casi siempre terminara pegando contra las paredes y las ventanas, yendo y viniendo sobre los muebles y estantes, poniendo en peligro los cuadros y adornos. Los gritos de mi abuela llegaban desde el comedor o la cocina y suspendíamos el juego, permaneciendo sentados unos minutos en silencio, separados, a veces mirando con encono a tal o cual porque había hecho caer el mate, recuerdo de Santiago del Estero, que estaba en la biblioteca. Pero, parándonos de a poco y rebotando la pelotita despacio contra el suelo, no pasaba mucho tiempo antes de estar a los gritos de nuevo.
     La pelotita pegó en la pantalla de la lámpara y cayó al suelo, rodando bajo el sillón. Manuel logró alcanzarla antes que yo.
     -Ahora me toca a mí- dijo, mostrando la pelotita en un puño.
     Iva y yo nos quejamos de que la abuela siempre nos retaba después de que tiraba él, porque era muy chiquito y no la sabía usar bien. Apenas nos vio acercándonos a él, levantó la mano y tiró la pelotita sin mirar a dónde. Rebotó muy fuerte en el suelo entre él y nosotros, fue a dar contra a la pared y, en una curva lenta, llegó hasta encima del aparador. Rebotó unas cuantas veces más ahí arriba, entre los adornos de vidrio y cerámica, produciendo unos sonidos muy definidos, como una melodía. Después no se escuchó más nada.
     -¡¿Viste, Manuel?! ¡¿Qué te dije?!- le grité mientras arrastraba el sillón hasta el aparador y me subía para buscar sobre él.
     Pero no estaba entre las raras botellas de vino y el frasco grandote, con forma de Papa Noel. Bajé del sillón y buscamos bajo el mueble, incluso me fijé entre este y la pared, y solo encontramos pelusa, tela de araña, un autito y dos bolitas Norte. Revolvimos todo el living, bajo los sillones y la biblioteca, pero nunca encontramos la pelotita. Manuel se fue llorando al comedor, y Estefa lo siguió porque ya estaba aburrida. Con Iva nos quedamos buscando un rato más, en vano.
     Esa noche, mientras intentaba dormirme y mi bisabuela, en la cama de al lado, nunca terminaba de rezar, todavía continuaba pensando en la pelotita. Si habíamos buscado en todos lados, si por los últimos rebotes que escuchamos no podría haber ido más lejos que sobre el aparador o tras él, ¿cómo puede haber desaparecido? Y esos últimos rebotes sobre el mueble, ¿no sonaron como una especie de musiquita?
     Cuando quise hablarle a Iva sobre esto, me contestó que no la joda, que le daba miedo; la pelotita seguro debe de estar por ahí. No volvimos a jugar hasta que se fue a su casa después de cenar.
     Ahora, mi bisabuela continuaba rezando, murmurando apenas las oraciones en ucraniano, alzando cada tanto los brazos y los ojos hacia el techo; luego los recogía sobre el pecho, se persignaba varias veces, y volvía a comenzar. Para mí, que no entendía el idioma, no eran más que cánticos sin sentido, o alguna fórmula mágica para comunicarse con otro lugar. El lugar al que van los muertos, pensaba yo al mirarla besar varias veces la foto de mi bisabuelo en la mesa de luz cada vez que terminaba con sus ritos nocturnos. Quizás, continuaba pensando yo, fue algo parecido lo que pasó con la pelotita; esos golpes que hizo antes de desaparecer podrían ser una especie de llave mágica para ir a otro lado, como el lugar que mi bisabuela quería alcanzar con sus rezos sin sentido.
     Al otro día, y durante muchos días más, traté de reproducir la melodía en el tecladito que me había ganado en la quermés de la escuela, pero fue inútil el esfuerzo; ni siquiera lograba tararearla, por más simple que sonara en el recuerdo, tan obvia... De no haber sido por la negación de mi prima a volver a hablar de eso, quizás entre los dos hubiéramos logrado recordar y ejecutar las notas que, yo estaba seguro, nos hubieran permitido pasar al otro lado y ver.
Ver era lo que yo más quería. Asomarme a todo eso que no se podía ver pero yo intuía
cerca, pero escondido como un secreto tan importante que no podía dejar de estar ahí,
no podía dejar  de ser todo.