23 de mayo de 2017

Susana Badano

Susana Badano
Docente de Lengua Inglesa. Psicóloga social, Guionista y realizadora cinematográfica. Coordinadora general en Talleres de Cine. Coordinadora grupal en talleres sobre violencia de género. Asistente de dirección y producción cinematográfica del circuito de Cine Independiente de Argentina. Actualmente reside en Ituzaingó, provincia de Buenos Aires y desde allí desarrolla su tarea de autora, trabajando en el cuarto libro de su Tetralogía "Del fruto del Árbol de la Memoria y el Silencio" cuyos tres títulos anteriores ya han sido publicados. Ellos son "La Memoria del Silencio" (2015), "La memoria en la urdimbre" (2016) y "La memoria de los sueños en fuga hacia la vigilia" (2017). Sus relatos y poemas , en castellano e inglés, han sido publicados en Antologías y medios de difusión cultural así como también distinguidos con Menciones de Honor en diversos ámbitos y concursos literarios.



 Tocar un sueño
sobreviviente de toda calamidad
que habitó en alguna nada
alimentado a lágrimas
demorado por banalidades de otros
mecido por cadencia de otros
en tiempo y lugar de otros...
tocar un sueño con la mirada...
con los oídos...
verlo cruzar el umbral
y asirlo,
majestuoso...
alquimia que beberán
otros sueños
y la vida misma
y el deseo de soñar...
tocar un sueño
que ha viajado
por los desamparados
senderos de la infancia
entre la pureza de la inocencia
y el casi holocausto
de la memoria...
tocar un sueño en fuga
hacia la vigilia
y alcanzar la diáspora…

Tocar un sueño
pág.20 de La memoria de los sueños en fuga hacia la vigilia



La nada te arropa en tu ermita, la noche es larga…y muy
fría… un trago de olvido, un humo de paz, no sentir…
La noche es larga, la estrella está alineada, la antorcha
encendida y desgarrada… la noche es larga…
Y ya exhaló su veneno y tu cuerpo ya está ardiendo…y
demora…demora… demora ante la vista de los ciegos por
instantes, para un remordimiento…
Ya tu muerte tiene voz y vida…ya gritas calcinado…tu
segunda desaparición ha nacido…
Y tu luz da el último alarido…ahora ya carne
polvorienta… ahora por fin las sombras heredadas…ahora
con alas porque nada estaba oculto…
Ser miedo, ser asco, ser invisible…y cómo fue ser sin
ser…y estar sin estar…cómo fue… ser nada antes de la
nada…cómo fue…cómo fue ser antorcha, ser cenizas…en
esta oscuridad que crece, en este crepúsculo de hordas
asesinas…cómo fue hacerte luz y que te nombren…cómo
fue ser grito que abandona los silencios en la noche de la
luna negra… Cómo fue…cómo… tanto dolor… en la vida
y en la muerte… cómo fue?
Amén.

  La antorcha 
pág.21 de La memoria de los sueños en fuga hacia la vigilia




Inaudible tu presencia me convoca,
mulata tu madre te heredó los cuentos
y con su nombre de flor
hija de ángeles te bautizó y de la Santa de tu devoción.
Camino mío hacia la infancia de almohadas de lavanda
y la voz tuya recuperada en sueños
que acunan con algodón de azúcar y caramelo
en lluviosas tardes de otoño en ámbar.
Hila hebras de recuerdos tibios
en las galerías de los tiempos
donde los jinetes guerreros duermen, expectantes
e invocados de tu relato, despertarán.
Préstame azahares en tiara de los cofres
de tus princesas coronadas, danzarinas incesantes
de los jardines donde crece la memoria y su árbol
cultivado para mí y los otros desde entonces.
Teje tus sonrisas proféticas sembrando enigmas
de atardeceres rojizos de mil soles
y querubes cantores con rizos de alabastro y miel
y alas de seda y terciopelo.
Enjuga los llantos,
se han corporizado ante tu nombre
el porvenir destinado, la dignidad intacta
y aunque me fui de la infancia
dejaste las llaves y las piezas
y los espejos vacios y los mapas
y la canción del secreto…
Descuida, aquí me quedo…
El puente me espera,
tu mano pequeña de ida y regreso me lleva.

Mamama Angélica
pág. 30 de La memoria en la urdimbre



Vine a despedirme, igual no le digas a nadie que me viste. Anoche fue la kermés en el Club para juntar plata para poder llevar el equipo a competir a la Capital... ya sé que vos ahora tenés que estar con tu mujer, por lo del bebé, digo, que linda que está che. La vi en la plaza el otro día, no le digas a ella que me viste. 
Bueno… anoche me acosté tardísimo… ya era de día. Al rato nomás me golpean la puerta y me llaman y llaman y timbre. Yo ni iba a atender pero el tipo dice que es el Comisario. Dormido casi pensé… ¿qué habrá pasado? abro y en voz baja me pide que lo acompañe, que le tengo que hacer la gauchada, que no le puedo fallar, que alguien se perdió en el río, que yo conozco mejor que nadie las corrientes y el Canal Grande, ni bueno pude contestar, tenía los cortitos puestos y ahí fuimos en su moto porque el patrullero no andaba, como siempre.  Llegamos y había un camión de los milicos. Temblé y él me dice que qué me pasa, que yo soy el mejor nadador del pueblo, que no lo haga quedar mal con el Comandante. Me dice que buscan a una mujer y a su hijo chiquito, que me apure, que no tiene todo el día. Me tiro para terminar rápido  y era a la altura de la Quinta Remanso, viste, tiene entrada por la ruta pero al fondo está el río, estaba alto, revuelto, nado, nado, le doy, le doy, salgo, me meto, buceo y  nada. Me salgo a descansar un rato, ya no me veían porque había pasado El Codo del Diablo. Respiro, me aflojo porque estoy asustado, con miedo y ahí de repente algo se me viene por abajo y me golpea la pierna, un tronco o un sábalo ,creí o qué sé yo…un… un brazo… casi desprendido de un cuerpo, un tipo joven, de nuestra edad, lleno de agujeros en el cuerpo, tiros… me meto, nado, nado, más allá, cien metros, otro, igual… sigo…nado… hay mucho sauce ahí, sabés, una mujer, joven, como nosotros, con un nenito chiquito ,chiquito, enredados en las raíces, llenos de tiros… hermosa ella como una virgen con su niño, lo tiene apretado, fuerte, abrazaditos… salgo y miro… es el fondo de la quinta, hay más… ahí… así... igual… lloro, vomito… pienso… rápido… rápido… pienso, me meto al agua, flota un zapatito de niño… nado, nado, nado. El Codo del Diablo, nado… nado… nado… me falta el aire, el asma, viste, voy llegando… me grita ‘¿y pibe?’… calambre… calambre, me ayudan a salir, ‘no, no encontré a nadie Comisario, nada, solo esto, un zapatito, está muy revuelto, quién sabe de dónde viene. Pida buzos Comisario, este río no es para cualquiera… me atacó el asma, mejor me voy si ya no me necesita… disculpe que más no pude hacer…no se enoje…’
Corrí a la ruta, me levantó un camión, bajé, rápido, llegué a casa, bolsito, lo puesto, me voy hermano, es malo lo que ví, ajusticiados, milicos, policía, yo sólo soy el campeón de natación del pueblo, no digas a nadie que me viste, cuidate, cuidá a tu mujer y a tu hijito, chau hermano, tengo mucho  miedo, no llores…

El  nadador 
pág.13 de La memoria en la urdimbre



Volvían. Se habían alejado del río y perder el rumbo allí podía resultar fatal. País de selva lujuriosa y tibias aguas cuyos espíritus ancestrales lo vigilaban todo, según decía el nativo que los guiaba. Traidor de su sangre, pensó el joven Teniente Coronel, o cobarde que quiere salvar su pellejo, sin importar cuántos caigan.
Le informó que el caserío estaba cerca, entonces había ordenado al grupo que se apeara. Sigilosamente, como esos gatos del monte que merodean sin ser jamás descubiertos, ellos observaban las chozas, que no era más que eso, en un claro. Había amanecido y quizás todos dormían. Era raro que ni los perros ladraran, a ellos no se les escapa la más mínima pisada.
Sus hombres están cansados, hambrientos, sedientos y van a arrasarlo todo. Tienen que saciar ese cuerpo dolorido por el interminable maltrato que causan invasiones y batallas al territorio en disputa.
El Gran Mariscal está acorralado en su huida. Otro cobarde, pensó, pero ya se le termina. Sintió ganas de sentarse bajo el guayabo perfumado y dormitó un momento.
Su hermano de leche, el General Presidente, lo considera a él héroe de esta guerra, tan sucia y cruel, como tantas otras. Ha sentido alguna vez la necesidad de estar lejos, en otro lugar, ser otro, empezar de nuevo, desertar quizá. Pero el mandato es muy fuerte y el pensamiento se desvanece para que sus deseos no crezcan.
Su Lugarteniente le informa que nadie hay allí, mucho menos comida o animales. Algunos irán hasta la ribera a pescar.
Se incorpora, alisa su uniforme y camina el lugar con precaución. Es primavera y todo huele bien, como si la sangre no estuviera siendo derramada.
Entre las matas la pequeña come una flor como si fueran dulces. A su lado una joven muerta, quizá su madre. Al verlo, la niña, murmura algo y levanta su regordeta manito. No le teme. Le sonríe. El joven militar no entiende lo que dice, esa gente no habla su lengua. Ojos grandes y pardos, cabellos con cortos rizos, dientes muy blancos, apenas camina, si parece un ángel de un cuadro -piensa el Teniente Coronel-; se le aparece el recuerdo de su amada esposa, muerta de parto por su hija muerta. Cuánto lloró por ellas.
Llama a uno de sus hombres y ordena que lleven la niña a resguardo y no la pierdan de vista. La llevarán con ellos.
Ya de vuelta en la casona familiar, las hermanas mayores del ahora Coronel, le agradecen la criada, siempre es necesaria una más. Llaman Margarita a la niña, como las flores que comía, allá, sentada frente a la muerte.

La criada  
pág.11 de  La memoria del silencio



 El pueblo no tiene nada del Santo Patrono, ni tendrá. Aquí el mar vomitó muerte para dar vida a la justicia
El mar... ese penitente, tratando siempre de limpiarlo todo.
Respiro su vitalidad mientras subo la calle tratando de encontrar un recuerdo, un árbol, un rostro, un rincón que me lleve en el tiempo.
El parque de diversiones sigue, absurdamente, en una esquina de la Avenida principal y frente a él la tienda, donde nada parece ser nuevo pero sí lo es.
El acontecer cotidiano siempre fue lento e inexplicablemente tardío, como si los relojes tuvieran un propósito diferente. Hoy mi memoria está más caprichosa que nunca. Se niega a recordar que algunas cosas de esos tiempos, fueron buenas, de hecho por eso estoy aquí. Me detengo en la vidriera, la mayoría de los libros son usados o ediciones antiguas de autores ignotos por siempre jamás.
Entro. Ya no puedo arrepentirme. Camino los pasillos buscando nada, como espía o ladrón que no quiere ser visto. Un par de curiosos o clientes, no sé, dan vueltas por la librería, mientras un beethoveniano nocturno lo ensombrece todo.
Escucho su voz preguntando con cortesía si puede ayudarme en algo. Digo que solo estoy mirando y le agradezco. Sin quitarme los anteojos oscuros, me vuelvo para verlo. Él ya me dio la espalda y se aleja sin prisa hacia esos mundos donde siempre se sintió seguro, protegido, a cubierto. Esos mundos paralelos donde su  enfermedad no existe y él es el idílico héroe de algún poema épico. Parece un anciano casi centenario, cabello y barba blanquísimos, bastón, casi un duende de los libros que escapó de alguna página desprevenida.
Su nieto quiere conocerlo, por eso estoy aquí. Mi nieto, nuestro nieto, se quedó en el hotel. Salgo. Camino respirando profundamente. ‘Lo que dicen estas brisas ya otras veces me lo han dicho…’, decía el poema que aprendí de niña.
Una lágrima... muchas, mojan mi cara, quizás sea mejor que le diga que el abuelo ya no vive aquí... que nadie sabe de él, que hace años se fue a otro país.

 El abuelo 
pág.24 de La memoria del silencio













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