20 de septiembre de 2017

Valeria Pariso

 Valeria Pariso nació en la Provincia de Buenos Aires. Publicó los libros de poesía: "Cero sobre el nivel del mar" Ediciones AqL (2012), "Paula levanta la persiana", Ediciones AqL (2013); "Donde termina esta casa", Ediciones de la Eterna (2015), "Del otro lado de la noche" (2015) Editorial El Mono Armado, "Triza" (2017) Editorial Detodoslosmares.
En el año 2014 crea, en Bella Vista, un ciclo de poesía destinado a la lectura de poesía contemporánea entre vecinos que continúa coordinando en la actualidad, incluyendo fotografía a cargo de Karina Giglio y música a cargo de César Jorge.
Coordina talleres de poesía.
Tiene los blogs:
www.tantotequeria.blogspot.com.ar
www.laficciondelolvido.blogspot.com.ar

POEMAS (DEL LIBRO TRIZA)

6

¿De qué ternura guarda tu memoria
la fiesta del silencio?
Todo tu cuerpo contra el muro y nada:
no se rompe, no se cae.

Otra vez, por vigésima vez:
todo tu cuerpo contra el muro y nada:
no hay derrumbe.

Se acaba el mundo, el muro sigue ahí,
tu cuerpo sigue ahí, y en tu silencio
seguís abrazado a algo pequeñito,
que sonríe.


11

Recién veo esta foto:
teníamos las manos apretadas
como si fuésemos a no perdernos nunca,
como si el tiempo no hiciera necesario
rendir pequeños homenajes
y escribir con la punta de los dedos
palabras como casa, vida, canto.

Mirá:
teníamos las manos apretadas
como si fuera incierta la existencia del fuego,
o la carne invencible,
o el agua suficiente,
o la tierra sin muertos,
bajo el sol del verano.


13

Mientras desayuno
una libélula se pierde
y entra en la habitación.
La miro: está sobre la lámpara
que permanece apagada
desde anoche.

¿Qué destino insiste
en los cuerpos
que alguna vez
tuvieron luz?


36

Ahora,
el olvido ordenará las cosas.

Todas las cosas que quedaron.

Y el gran amor,
el terrible, insoportable amor,
quedará quieto
hasta volverse piedra,
triza, polvo, nada,
un dato.

VIDEOS

https://www.youtube.com/watch?v=iWftabAfegY

https://www.youtube.com/watch?v=yD5rmN8z5rw



15 de agosto de 2017

Margarita Sanchez Hernandez


    Nací el diecisiete de agosto de 1952,  en una casa de madera pintada de azul argentino, el color preferido de mi padre, pisos de tierra, impecables, brillantes. Dicen que de tanto limpiarlos, mi madre, logró formar una capa que parecía haberlos plastificados. Vivían en Munro en esa época, provincia de Buenos Aires. Eran españoles y vinieron a este país una vez terminada la Guerra Civil española. Soy, sin dudas, hija de la guerra.
  Mi escuela primaria, la Número 2 de Los Polvorines fue un refugio. Allí conocí el afecto verdadero que me dieron mis maestras.
  En la secundaria comenzó mi pasión por la literatura y tenía mi columna en el diario mensual del colegio  General José de San Martín de las hermanas terciarias franciscanas de la caridad.
  No por haber estudiado en el colegio de monjas fui más católica, pero tuve muchas compañeras y muchas actividades que disfrutaba diariamente. Líder y delegada de los cursos era mi función entre mis compañeras. La solidaridad fue un impulso y el convencimiento de lo que quería hacer. Con un grupo de jóvenes visitamos villas, barrios menos pobres y hasta estuve en la acción católica aun sin que pudieran convencerme de tomar la Primera Comunión. Así, la vida, me trajo hasta aquí, escribiendo las experiencias que me convirtieron en esta que soy.


De haber podido elegir seguramente me habría quedado en la casa donde nací...Cuando abrí hace un rato la puerta del horno, sentí que algo muy extraño ocurría y en lugar de darme calor, las llamas enfriaron mi rostro.
Sentí el olor nauseabundo de los cuerpos quemados. Recordé los golpes, los gritos, el hambre, la picana...Lentamente me reincorporé y caminé, despacio, hasta el living. Desaté las tiras de mi delantal y luego de secar con él mis lágrimas, lo dejé caer en el piso.
_________Margarita Sanchez Hernandez______Fragmentos de su texto: El Horno, será publica en su nuevo libro.



REGRESO

Eco lejano retumba en la sangre y un galope de sensaciones se apodera de la escena.
Nombres sin rostros. No los veo. Sonidos estremecedores que anuncian. Callan.
Paso lento de recuerdos que atraviesan un mundo que no reconozco.
Camino de casas destechadas. Mi cabeza tomada entre las manos, apretando con fuerza. Indefensa ante esa interminable espera y ese final que nunca llega. 
Eternidad del tiempo, tan temido el momento.
Suenan las palabras robadas por el espanto y rebotan en las paredes húmedas, faltas de revoque sin puertas ni ventanas.
Lejos, ruidos extraños, fríos.
Mientras tanto, los vuelos de águilas acerados, con rumbo definido, arrojan ilusiones al vacío. Abro los ojos, decidida y trato de alejar las sombras, acomodo mi ropa mugrienta, acaricio suavemente las muñecas lastimadas. Un asco posterior a la decisión de la entrega me sube a la garganta. Me quedo ahí, aterrada, esperando la muerte, sin embargo se demora, siento que se aleja.
Nuevos pasos se acercan. Los escucho y hasta el golpe de la puerta de un auto. Aparece ese rostro, inolvidable: “Vamos, te llevo a tu casa” -dijo.
-¿Qué es esto?
-Yo sola me arreglo –respodí.
-Así no podes ir a ningún lado. Mirate –contestó.
Mirarme, después de tantos días. Mirarme así desastrosamente desarmada.
Y otra vez, a su lado. Otra entrega.
Esas brumas de la vida. Un verdugo pretendiendo lo sienta mi amigo.
Eterno recorrido. Interminable. Llegar a casa. Sentir el olor del limonero. Los ojos pequeños de mi hijo fijos en los míos. El abrazo más querido, más esperado, sentir que estaba otra vez aquí, siendo otra. Aquí.


ESTAMPA

Aromas de la infancia. Mariposa multicolor prendida en el pelo.
La cocina de la casa vieja y mi mamá apoyada en la mesada de granito verde.
El aroma a bizcochuelo de naranja perfumaba la casa. 
--¿Falta mucho mamá? Tengo hambre, protestaba.
Mi papá jugando con Negrito, su perro. Recuerdo como lo quería y lo molestaba mientras las carcajadas endurecían aún más la mirada de mi vieja (enemiga de los animales).
Sonaba el sol del verano en la voz de María Rosa.
--¿Jugamos? -me decía justo a la hora de la siesta.
Dulces abrazos robados y vivencias lacradas.
--¡Abrazame mamá! ¡Dale! –pedía.
Recuerdos marcados a fuego. Enigmas. Colores confundidos entre risas.
Tardes de domingos antaño, intensos. Sentir en la piel la llegada del mañana. El calor de la estufa prendida desde temprano. Matecitos amargos. Las muñecas de mi hermana. Flashes de la memoria. Alegrías disfrutadas, calma. Ahora, aquí, todos presentes apareciendo como imágenes espontáneas.
Regresan. Se quedan a mi lado. Están conmigo, pero hasta donde yo quiera, hasta cuando comiencen a doler los recuerdos. ¡Hasta donde los dejé!
Pongo el pasado en cada rincón de la memoria a medida que crece el presente. Estoy en él. Aquí me quedo, luchando, venciendo fantasmas, respirando la vida, buscando una luz multicolor que ilumine mis mañanas.
Sanar en cada acto de lucha. Buscar caminos con pasos seguros. Vivir, le dicen. Elijo eso… seguir viviendo.


SUEÑOS ROTOS

Sueños rotos
En un instante loco.
Imágenes transparentes
Rompen el alma, 
La desarman.
Desaparece el sentido,
Y, de pronto
La vida.
¿Y el alma?
Se rearma.

Sueños rotos
En un instante,
Lentamente…
Se unen piezas, 
Escuchamos voces,
Percibimos olores.
¿Y el alma?
Nuevamente 
Se re-ar-ma.

AGUA Y BARRO

Te observo,
Agua y barro,
Gris
El cielo
Como mi cabello.
Agua y barro,
Te miro
Ahí estás, parado
Tan cerca,
Tan lejos.
Mirada joven,
Atento,
Y yo
Sombras,
Restos de una vida
De alegrías,
De lamentos.
Muchas veces
Los abismos
Son siniestros.
Amores de agua,
Silencios de barro.
Cuerpos fundidos,
Placeres, 
Suspiros perdidos
Agua…
Agua y barro.


¿DONDE ESTA? ¿DONDE LO DEJÉ?

¿Dónde está? ¿Dónde lo dejé?
Estoy segura de haberlo puesto aquí.
No sé. No sé. Ayudame a buscarlo en lugar de reprochar mi olvido, mi distracción, mi poca concentración.
Y sí. Seguro que estaba en otra, en el momento de guardarlo.
¿Pensando pavadas decís? ¿Que vivo en la luna?
Y… puede ser. Pero pavadas no pensaba. En otra cosa sí, pero tonterías no.
Mirá seguí buscando. Ayudame. Mejor no hables tanto vos. Y sé que lo necesitás, que tenés que llevarlo hoy sin falta. Buscá. Ya va a aparecer.
¿Cómo? ¿Qué decís? ¡Repetilo! ¿Que tengo la cabeza en cualquier lado? ¿Que no presto atención?
Sí, sí. Estaba pensando en algo cuando lo guardaba. ¿Querés saber en qué? ¿Te lo digo?
Me acordé de la última vez que llamó. Ese día en que atendí el teléfono y escuché su voz burlona, humillante, hiriente. Justo en ese momento, el de guardarlo, ese llamado delator que te sacó la careta vino a mi memoria.
¿Que la termine? ¿Que me calle?
¡Callate vos! ¡Claro que te grito! ¡Te grito más! ¿Sabes qué? Voy a buscar arriba porque así no podemos.
Subí al primer piso, más precisamente, a la biblioteca. Escuchaba su voz diciendo no sé qué cosas. Busqué en todos los cajones y justo cuando abrí el último lo vi.
Ahí estaba, brillante, frío, pesado.
Lo tomé entre las manos mientras escuchaba sus gritos desde abajo.
Inútil, me decía. No servís, agregó.
Bajé lentamente sosteniéndolo entre mis manos. Distraída, torpe, rencorosa, repetía y con mirada desafiante clavó sus ojos en los míos.
Cuando me acerqué su rostro se endureció aún más. Escuché su voz lejana implorando perdón.
Yo sostuve su mirada hasta ver como perdía brillo. El brillo de la vida.
Tres disparos certeros, justo en el corazón. Los tres, uno por cada traición, callaron su voz.
Lo vi caer lentamente y en ese momento recordé que lo guarde al lado de la lámpara del pasillo.
Ya no importaba. No lo va a necesitar.
Dejé caer el arma y simplemente esperé…


LUCECITAS EN EL AIRE

No poseo registro de la duración del periodo de mi infancia. Casi no recuerdo cuando comenzó y mucho menos cuando sentí que terminaba.
Ese es un tiempo que acomodo según mis urgencias emocionales.
Mi infancia importante, fuerte, intensa. De esto estoy segura porque cuando indago en mi pasado interno siento una rara mezcla de nostalgia, alegría y deseo de no perder ese paisaje íntimo tan presente y a veces tan necesario.
Digo presente porque somos, hoy, todo lo que fuimos siendo a través del tiempo.
Necesario, pienso, porque es bueno saber de dónde vienen nuestras fortalezas, las debilidades, los anhelos. Es como algo mágico descubrir cuando comenzaron a aparecer nuestros sueños.
Veo aquella niña rubia de larga trenza, doblada, atada con una cinta siempre combinando con el color del vestido. 
Llegué dando saltos a la casa de Mirta Vega y golpeè las manos. La vi aparecer, apenas, con su siempre cara de dormida, detrás de la cortina de la ventana.
-¿Salír a jugar, Mir? ¿Te dejan? -Le dije
-¡Dale, preguntá! -Insistí-. Mientras tanto yo llamo a las chicas.
Crucé la calle hasta lo de los Aparicio, que vivían al lado de mi casa.
Las chicas eran tres de ocho hermanos. María Rosa, Eva y Alicia estaban siempre listas y dispuestas a jugar.
Las  cinco juntas como siempre, decidimos que era día de cazar mariposas.
Rama de paraíso en mano y pararse en medio de la calle esperando la nube de mariposas con sus colores infinitos, era suficiente para divertirse. Quedaban ahí, atrapadas entre las hojas y las contábamos a la vez que las dejábamos libres. En ocasiones corríamos desde la esquina donde vivía don Balcente, el señor obeso, hasta la tranquera. Ese era el punto límite, la llegada, el freno porque del otro lado estaba la estancia y no teníamos permiso para entrar.
Nos quedábamos horas, observando los árboles y arbustos que había del otro lado.
¡Qué felices éramos en ese universo que medía unos escasos cien metros!
Por las noches de verano acostumbrábamos a sentarnos en la vereda, en el pasto y se armaba el concurso de canto.
-Don Aparicio, venga por favor –le decía.
-¿Nos hace de jurado? ¿Si? ¡Dele, sea buenito!
El pobre hombre, con su infinita paciencia acomodaba su blanquísimo pelo, fruncía su rostro moreno, anguloso y como siempre contestaba que sí.
-Pero no se vayan a pelear chicas. Ustedes siempre terminan enojadas.
Es que todas queríamos ganar aunque la única que cantaba realmente bien era Alicia pero él había encontrado la solución y cuando el concurso terminaba su voz ronca dictaminaba:
-¡¡Empate  chicas!! –y reía
Sus blancos dientes iluminaban la vereda como las luciérnagas la calle. Eran épocas de luces en el aire.
Aunque todas sabíamos que era mentira, nosotras festejábamos y todas contentas, al final del festejo le pedíamos a Alicia que nos cantara algo.
-¿Qué te paso amiga? ¿Dónde volaron tus sueños? ¿Se enredaron, tal vez, en tu largo y castaño pelo? ¿Qué pensabas el día que dejaste que el río se robará tu cuerpo?
¿Te acordás, Alicia cuando le escribiste una canción a Nicolás? Era mi segundo embarazo y se nos ocurrió pensar que podría ser una nena.
-Así tenes la parejita, decía mamá.
Vos le cantabas a mi panza… Luciana Belén sonaba en tu guitarra.
Mira lo que es la vida. Hoy estarás cantando a otros muertos. Otros, Alicia.
Pero antes, cuando éramos pequeñas, fuimos muy felices. En aquellos años tu risa, sin rima, sin música sonaba como una melodía.
-¡Callate Aly! Te decía cuando nos subíamos a la morera de la vecina o al ceibo de tu vereda.
-¡Shhh! Callate que nos va a bajar, Aly –te repetía.
Universo de una cuadra. Poco espacio, mucha vida. Gente linda la de mi barrio.
La que no me caía bien era Dona María, la tana. Cuando llamaba a la puerta, en invierno, ya podía imaginar, sin equivocarme, que traía un frasco de jarabe de tuna.
Ella lo preparaba con esmero porque, decía, me curaba la tos perruna.
-Tres veces por día Irene –le decía a mi mamá.
Y ella obedecía mientras yo veía como esa preparación gelatinosa se escapaba de la cuchara.
-No quiero mami, me da mucho asco. –lloraba.
Pero, durante toda la época de frío, antes de que se termine el frasco, doña María aparecía con otro. 
Tanto ella como mi mamá pensaban que me curaría.
-Vos dale, Irene –aconsejaba.
Mientras tanto, yo tosía.
¡Buena gente la de mi barrio!
Soplaba el pampero en esos tiempos y cuando iba a la escuela abría la boca para tragarme el viento mientras chapoteaba en los charcos y la escarcha con mis botas de goma amarilla.
Extraño aquella lluvia y el aroma de las tostadas de pan Súper Centeno con las que me esperabas cuando volvía de la escuela, mamá.
Conversábamos y compartíamos alguna música de  aquella radio que lamento no haber conservado…
-Estoy jugando mamá. No. Todavía no me llames.
-Adentro que ya es tarde, me decía
-¡No mami! ¿Un ratito más? ¿No ves que recién empezamos a jugar?


SIESTA

La siesta era un castigo.
Cuando escuchaba la voz de mi madre ordenando ¡A dormir la siesta, nena!  Me agarraban ganas de toser, de ir al baño y ahí hacer tiempo.
-¡Vamos! ¡A acostarse! Escuchaba
Con mi peor humor buscaba la revista Vosotras y le aclaraba muy bien que:
-Me acuesto, pero no duermo. Desafiante, siempre para que le fuera claro que obedecía pero, hasta donde yo quería.
Daba unas vueltas más hasta que un sonido ronco, esta vez, daba el ultimátum.
En verano acomodaba una colchoneta en el piso de granito y cuando notaba que ella se había dormido, casi gateando, me dirigía hacia la cocina.
Muy despacito abría la puerta y llegaba en silencio hasta el cerco que separaba mi casa de la de las chicas Aparicio.
-María Rosa, vení. Ya se durmió mi mamá.
Ella saltaba justo por atrás, donde estaba el gallinero. Treinta y tres ponedoras y un gallo, teníamos.
Siempre tratando de no hacer ruido nos escabullíamos en la quinta, entre los tomates.
La huerta estaba adelante, al mejor estilo europeo y tenía un orden casi estricto para favorecer el riego.
María Rosa y yo nos sentábamos entre las plantas y elegíamos los más rojos. Yo acostumbraba a sacudir la hojitas porque tenía un olor tan particular que aún recuerdo.
La quinta, la parra y el gallinero. 
Juntas tratábamos de reírnos despacito pero era algo complicado, porque siempre nos descubría mi mamá.
Y con su típico: ¡cuando ustedes van, yo vuelvo! Nos preparaba una limonada con hielo.
Siestas imborrables. Momentos. Sonidos. Olores. Tiempo tan lejano. Tan lejos el tiempo.


DE GRISES Y AROMOS

Hermoso gris de los recuerdos. Colores instalados en las venas nos acompañan cuando de disfrutarlos se trata.
Basta cerrar los ojos parada en una baldosa de la vieja estación, para ver volar esas hadas mientras el monte de eucaliptos, cuidándome la espalda, escondía duendes traviesos de enormes ojos transparentes.
Esos mismos aparecían en mi adolescencia, aun cuando ya no existían los árboles ni la sensación de un monte protector. Ahora, los pibes, juegan a la pelota y del otro lado, el Polideportivo marcó la “modernidad”. Pero ellos todavía están y sus sonrisas duendas iluminan las baldosas nuevas.
Lo veo, diminutos, revoloteando como palomas, ofreciéndome sus pequeñas manos arrugadas pero suaves. Manos parecidas a las de la abuela Amadora.
Gnomos mágicos, mis compañeros de aquellas tardes de nubes negras. Las hojas de los aromos que bordeaban el andén izquierdo (si venías desde mi casa) daban un toque gris al paisaje mientras mi risa encendía el aire perfumado a mentol.
De pronto, vaya uno a saber por qué, respiraba profundo y estallaban los capullos amarillos que vestían de color la tarde.
El frío partía rostros y manos (eran épocas de escarcha en las zanjas y los campos) sin embargo disfrutaba esa sensación helada, respirando, recorriendo los rincones más lejanos, llevándoles algún rayo de sol robado a la casualidad.
Vieja estación cargada de imágenes y la memoria presente, intacta, necesaria. ¿Cómo perder esos días donde dejaba escapar una sonrisa inocente, a veces, otras, transgresoras, provocativa, burlona? Sonrisa de colegiala, (primer año de secundaria). Guardapolvo de tres tablitas, lazo con moño atado a la cintura. Medias azules, tres cuartos y zapatos negros.
-Tapando las rodillas-, el guardapolvo, ordenaron en la escuela.
Así salía de casa, pero a la vuelta de la esquina lo subía en la cintura, por lo menos veinte centímetros para que se luzcan las piernas.
Chiquilinadas maravillosas que aún viven en un rincón del alma con la puerta abierta para que salgan y vuelvan a entrar cuando quieran, para seguir volando con mis hadas y que la felicidad del pasado perdure y lata en el presente, vibrando en carcajadas.
Parada ahí, justo en la baldosa, con la mirada clavada en ese cielo gris, feliz, mientras el rostro de la vieja gorda se transforma y dice en voz alta:
-¡Seguro que esta chica está drogada! –tenía cara de no saber soñar, la pobre. O tal vez se habría olvidado.
Una pena porque no podrá ver los aromos, que de hecho ya no están, ni respirar la brisa mentolada, ni las plantitas de lino floreciendo entre los durmientes. Pobre señora, la vieja gorda.
Mientras tanto, mientras sueño, una mano muy pequeñita toma la mía y me empuja hacia arriba. Me elevo mientras la gente mira para otro lado. 
Continúo subiendo y cada vez estoy más lejos. Bajo la vista y veo, ahí, parada, a una niña-mujer de guardapolvo blanco con tres tablitas muy parecida a mí. Me saluda tiernamente, como pidiéndome que vuelva pronto. Retumba en el aire la carcajada del que le entrega mi mano a un hada. Y sigo, ahí, revisando la vida.
Busco a la niña pero ya no está. En su lugar desparramada, hay una impecable y almidonada tela blanca.
Temo pensar que ella se fue. Giro la cabeza para preguntarle a mi hada y en su lugar, en las nubes, flotando a mi lado, esta ella. Estamos ella y yo. Pasado y presente acompañándose, tomados de la mano. La sostengo para no perderla y abajo, en la estación amarilla por los aromos de mi infancia, se escucha un murmullo. Son los gnomos que hoy, como yo, están de fiesta. Y la gente llega, sube al tren, otros bajan, ni me miran. Son otros, distintos. Seguro tendrán otros paisajes, otras cosas que contar. Otras vidas que vivir. Otros colores.


SANACIÓN

Puedo lo imposible,
Grito lo que callo.
Siento lo que duele,
Duele la calma.
Risas bailando
En el aire, vuelan.
Memorias que olvidan,
Olvidos que vuelven.
Telarañas de la mente,
Laberintos de la suerte.
Palomas del estómago,
Agitadas sus alas,
Mariposas en la sangre.
Torrente nuevo,
Explosiones,
Aromas sanadores,
Energía interna,
Deseos superadores.
Luces en la cara
Piernas con “soles”.
Miedos derribados, 
Recordando amores.
Correr entre fantasmas,
La calma, la alegría.
Alivian dolores.
Músicas en el aire,
Frescura.
Corazón abierto,
Latiendo canciones…










Margarita Sanchez Hernandez en Literarias Riodelaconquista:


 



                                             














23 de mayo de 2017

Susana Badano

Susana Badano
Docente de Lengua Inglesa. Psicóloga social, Guionista y realizadora cinematográfica. Coordinadora general en Talleres de Cine. Coordinadora grupal en talleres sobre violencia de género. Asistente de dirección y producción cinematográfica del circuito de Cine Independiente de Argentina. Actualmente reside en Ituzaingó, provincia de Buenos Aires y desde allí desarrolla su tarea de autora, trabajando en el cuarto libro de su Tetralogía "Del fruto del Árbol de la Memoria y el Silencio" cuyos tres títulos anteriores ya han sido publicados. Ellos son "La Memoria del Silencio" (2015), "La memoria en la urdimbre" (2016) y "La memoria de los sueños en fuga hacia la vigilia" (2017). Sus relatos y poemas , en castellano e inglés, han sido publicados en Antologías y medios de difusión cultural así como también distinguidos con Menciones de Honor en diversos ámbitos y concursos literarios.



 Tocar un sueño
sobreviviente de toda calamidad
que habitó en alguna nada
alimentado a lágrimas
demorado por banalidades de otros
mecido por cadencia de otros
en tiempo y lugar de otros...
tocar un sueño con la mirada...
con los oídos...
verlo cruzar el umbral
y asirlo,
majestuoso...
alquimia que beberán
otros sueños
y la vida misma
y el deseo de soñar...
tocar un sueño
que ha viajado
por los desamparados
senderos de la infancia
entre la pureza de la inocencia
y el casi holocausto
de la memoria...
tocar un sueño en fuga
hacia la vigilia
y alcanzar la diáspora…

Tocar un sueño
pág.20 de La memoria de los sueños en fuga hacia la vigilia



La nada te arropa en tu ermita, la noche es larga…y muy
fría… un trago de olvido, un humo de paz, no sentir…
La noche es larga, la estrella está alineada, la antorcha
encendida y desgarrada… la noche es larga…
Y ya exhaló su veneno y tu cuerpo ya está ardiendo…y
demora…demora… demora ante la vista de los ciegos por
instantes, para un remordimiento…
Ya tu muerte tiene voz y vida…ya gritas calcinado…tu
segunda desaparición ha nacido…
Y tu luz da el último alarido…ahora ya carne
polvorienta… ahora por fin las sombras heredadas…ahora
con alas porque nada estaba oculto…
Ser miedo, ser asco, ser invisible…y cómo fue ser sin
ser…y estar sin estar…cómo fue… ser nada antes de la
nada…cómo fue…cómo fue ser antorcha, ser cenizas…en
esta oscuridad que crece, en este crepúsculo de hordas
asesinas…cómo fue hacerte luz y que te nombren…cómo
fue ser grito que abandona los silencios en la noche de la
luna negra… Cómo fue…cómo… tanto dolor… en la vida
y en la muerte… cómo fue?
Amén.

  La antorcha 
pág.21 de La memoria de los sueños en fuga hacia la vigilia




Inaudible tu presencia me convoca,
mulata tu madre te heredó los cuentos
y con su nombre de flor
hija de ángeles te bautizó y de la Santa de tu devoción.
Camino mío hacia la infancia de almohadas de lavanda
y la voz tuya recuperada en sueños
que acunan con algodón de azúcar y caramelo
en lluviosas tardes de otoño en ámbar.
Hila hebras de recuerdos tibios
en las galerías de los tiempos
donde los jinetes guerreros duermen, expectantes
e invocados de tu relato, despertarán.
Préstame azahares en tiara de los cofres
de tus princesas coronadas, danzarinas incesantes
de los jardines donde crece la memoria y su árbol
cultivado para mí y los otros desde entonces.
Teje tus sonrisas proféticas sembrando enigmas
de atardeceres rojizos de mil soles
y querubes cantores con rizos de alabastro y miel
y alas de seda y terciopelo.
Enjuga los llantos,
se han corporizado ante tu nombre
el porvenir destinado, la dignidad intacta
y aunque me fui de la infancia
dejaste las llaves y las piezas
y los espejos vacios y los mapas
y la canción del secreto…
Descuida, aquí me quedo…
El puente me espera,
tu mano pequeña de ida y regreso me lleva.

Mamama Angélica
pág. 30 de La memoria en la urdimbre



Vine a despedirme, igual no le digas a nadie que me viste. Anoche fue la kermés en el Club para juntar plata para poder llevar el equipo a competir a la Capital... ya sé que vos ahora tenés que estar con tu mujer, por lo del bebé, digo, que linda que está che. La vi en la plaza el otro día, no le digas a ella que me viste. 
Bueno… anoche me acosté tardísimo… ya era de día. Al rato nomás me golpean la puerta y me llaman y llaman y timbre. Yo ni iba a atender pero el tipo dice que es el Comisario. Dormido casi pensé… ¿qué habrá pasado? abro y en voz baja me pide que lo acompañe, que le tengo que hacer la gauchada, que no le puedo fallar, que alguien se perdió en el río, que yo conozco mejor que nadie las corrientes y el Canal Grande, ni bueno pude contestar, tenía los cortitos puestos y ahí fuimos en su moto porque el patrullero no andaba, como siempre.  Llegamos y había un camión de los milicos. Temblé y él me dice que qué me pasa, que yo soy el mejor nadador del pueblo, que no lo haga quedar mal con el Comandante. Me dice que buscan a una mujer y a su hijo chiquito, que me apure, que no tiene todo el día. Me tiro para terminar rápido  y era a la altura de la Quinta Remanso, viste, tiene entrada por la ruta pero al fondo está el río, estaba alto, revuelto, nado, nado, le doy, le doy, salgo, me meto, buceo y  nada. Me salgo a descansar un rato, ya no me veían porque había pasado El Codo del Diablo. Respiro, me aflojo porque estoy asustado, con miedo y ahí de repente algo se me viene por abajo y me golpea la pierna, un tronco o un sábalo ,creí o qué sé yo…un… un brazo… casi desprendido de un cuerpo, un tipo joven, de nuestra edad, lleno de agujeros en el cuerpo, tiros… me meto, nado, nado, más allá, cien metros, otro, igual… sigo…nado… hay mucho sauce ahí, sabés, una mujer, joven, como nosotros, con un nenito chiquito ,chiquito, enredados en las raíces, llenos de tiros… hermosa ella como una virgen con su niño, lo tiene apretado, fuerte, abrazaditos… salgo y miro… es el fondo de la quinta, hay más… ahí… así... igual… lloro, vomito… pienso… rápido… rápido… pienso, me meto al agua, flota un zapatito de niño… nado, nado, nado. El Codo del Diablo, nado… nado… nado… me falta el aire, el asma, viste, voy llegando… me grita ‘¿y pibe?’… calambre… calambre, me ayudan a salir, ‘no, no encontré a nadie Comisario, nada, solo esto, un zapatito, está muy revuelto, quién sabe de dónde viene. Pida buzos Comisario, este río no es para cualquiera… me atacó el asma, mejor me voy si ya no me necesita… disculpe que más no pude hacer…no se enoje…’
Corrí a la ruta, me levantó un camión, bajé, rápido, llegué a casa, bolsito, lo puesto, me voy hermano, es malo lo que ví, ajusticiados, milicos, policía, yo sólo soy el campeón de natación del pueblo, no digas a nadie que me viste, cuidate, cuidá a tu mujer y a tu hijito, chau hermano, tengo mucho  miedo, no llores…

El  nadador 
pág.13 de La memoria en la urdimbre



Volvían. Se habían alejado del río y perder el rumbo allí podía resultar fatal. País de selva lujuriosa y tibias aguas cuyos espíritus ancestrales lo vigilaban todo, según decía el nativo que los guiaba. Traidor de su sangre, pensó el joven Teniente Coronel, o cobarde que quiere salvar su pellejo, sin importar cuántos caigan.
Le informó que el caserío estaba cerca, entonces había ordenado al grupo que se apeara. Sigilosamente, como esos gatos del monte que merodean sin ser jamás descubiertos, ellos observaban las chozas, que no era más que eso, en un claro. Había amanecido y quizás todos dormían. Era raro que ni los perros ladraran, a ellos no se les escapa la más mínima pisada.
Sus hombres están cansados, hambrientos, sedientos y van a arrasarlo todo. Tienen que saciar ese cuerpo dolorido por el interminable maltrato que causan invasiones y batallas al territorio en disputa.
El Gran Mariscal está acorralado en su huida. Otro cobarde, pensó, pero ya se le termina. Sintió ganas de sentarse bajo el guayabo perfumado y dormitó un momento.
Su hermano de leche, el General Presidente, lo considera a él héroe de esta guerra, tan sucia y cruel, como tantas otras. Ha sentido alguna vez la necesidad de estar lejos, en otro lugar, ser otro, empezar de nuevo, desertar quizá. Pero el mandato es muy fuerte y el pensamiento se desvanece para que sus deseos no crezcan.
Su Lugarteniente le informa que nadie hay allí, mucho menos comida o animales. Algunos irán hasta la ribera a pescar.
Se incorpora, alisa su uniforme y camina el lugar con precaución. Es primavera y todo huele bien, como si la sangre no estuviera siendo derramada.
Entre las matas la pequeña come una flor como si fueran dulces. A su lado una joven muerta, quizá su madre. Al verlo, la niña, murmura algo y levanta su regordeta manito. No le teme. Le sonríe. El joven militar no entiende lo que dice, esa gente no habla su lengua. Ojos grandes y pardos, cabellos con cortos rizos, dientes muy blancos, apenas camina, si parece un ángel de un cuadro -piensa el Teniente Coronel-; se le aparece el recuerdo de su amada esposa, muerta de parto por su hija muerta. Cuánto lloró por ellas.
Llama a uno de sus hombres y ordena que lleven la niña a resguardo y no la pierdan de vista. La llevarán con ellos.
Ya de vuelta en la casona familiar, las hermanas mayores del ahora Coronel, le agradecen la criada, siempre es necesaria una más. Llaman Margarita a la niña, como las flores que comía, allá, sentada frente a la muerte.

La criada  
pág.11 de  La memoria del silencio



 El pueblo no tiene nada del Santo Patrono, ni tendrá. Aquí el mar vomitó muerte para dar vida a la justicia
El mar... ese penitente, tratando siempre de limpiarlo todo.
Respiro su vitalidad mientras subo la calle tratando de encontrar un recuerdo, un árbol, un rostro, un rincón que me lleve en el tiempo.
El parque de diversiones sigue, absurdamente, en una esquina de la Avenida principal y frente a él la tienda, donde nada parece ser nuevo pero sí lo es.
El acontecer cotidiano siempre fue lento e inexplicablemente tardío, como si los relojes tuvieran un propósito diferente. Hoy mi memoria está más caprichosa que nunca. Se niega a recordar que algunas cosas de esos tiempos, fueron buenas, de hecho por eso estoy aquí. Me detengo en la vidriera, la mayoría de los libros son usados o ediciones antiguas de autores ignotos por siempre jamás.
Entro. Ya no puedo arrepentirme. Camino los pasillos buscando nada, como espía o ladrón que no quiere ser visto. Un par de curiosos o clientes, no sé, dan vueltas por la librería, mientras un beethoveniano nocturno lo ensombrece todo.
Escucho su voz preguntando con cortesía si puede ayudarme en algo. Digo que solo estoy mirando y le agradezco. Sin quitarme los anteojos oscuros, me vuelvo para verlo. Él ya me dio la espalda y se aleja sin prisa hacia esos mundos donde siempre se sintió seguro, protegido, a cubierto. Esos mundos paralelos donde su  enfermedad no existe y él es el idílico héroe de algún poema épico. Parece un anciano casi centenario, cabello y barba blanquísimos, bastón, casi un duende de los libros que escapó de alguna página desprevenida.
Su nieto quiere conocerlo, por eso estoy aquí. Mi nieto, nuestro nieto, se quedó en el hotel. Salgo. Camino respirando profundamente. ‘Lo que dicen estas brisas ya otras veces me lo han dicho…’, decía el poema que aprendí de niña.
Una lágrima... muchas, mojan mi cara, quizás sea mejor que le diga que el abuelo ya no vive aquí... que nadie sabe de él, que hace años se fue a otro país.

 El abuelo 
pág.24 de La memoria del silencio













El carrousel... Mágico...La infancia...La memoria...





21 de abril de 2017

Carlos Nuñez


 Carlos Núñez vive en Tortuguitas, nació en Buenos Aires el  24/09/55 en el barrio de Monserrat.  Estudió Letras en la UBA  a partir de 1976 y nunca pudo terminar la carrera. Trabajó en diversos lugares siempre relacionados con el puerto, sin abandonar la literatura. Publicó tres libros Casi la Sombra de 1985 / En la Colmena de 1987 / y Vacantes  en el Infierno de 1992 /
Participó de los Talleres Literarios de Nicolás Bratocevich y posteriormente de Irene Gruss. Integró el grupo de acción poética "Los Verbonautas" junto con Vigna, Pandolfo, Ferro, Cohen, Folino Hernan, Gabriel, Vicente Luy y Nocera. Nunca ganó un premio literario. Sólo obtuvo mención del Fondo Nacional de las Artes  en 1996. Hoy  sigue con su trabajo literario y tiene un libro inédito "Reporte del Clima".


Un Paraje en el Lago

Del viento hasta la sombra y los tibios
               soles de alumbrado
                     por la pequeñas calles
donde las farolas
              se hunden en el cerro.
casi todo es gris y se demora hacia el sur
 la roca encantada de amarillos y rosales / porfía
sobre la costa
el muelle
la música que sale de una casa 
 o de todas.
A las 11am llega la lancha de las provisiones
                de los hermanos Ríos
el muelle se sostiene en su proa sensible
y en el ruido de cajas y botellas
que atrae a las gaviotas y a las almas
hacia este lugar seguro y solitario.
Cantan, canciones y memorias
como si recién hubiesen vuelto de la guerra,
un canto automático, imperceptible
en sus abrigo de lana manchados de vino
como si fueran luciérnagas:
    articulaciones de un adiós sin gestos
     que mantiene la esperanza de no ser verdadero.
El gendarme les firma un remito y arrastra,
cajas botellas provisiones
hacia la tienda del turco
que ha nacido viudo
según dicen los indios.
La lancha flota en el lago insensible y ya casi sin sombra
no parece moverse.
Ni siquiera parece que la tocara el agua,
es como si tan sólo el tiempo la llevara;
y dejarla de ver, nada más, dependiese
de esperar otro rato
en el muelle sentado
fumando un cigarrillo
entre el sol y los vientos
que ignoran el calor,
la ginebra  /  el mediodía
las imágenes reales.
     

La Marca
Origen Buenos Aires

Tus ojos
la crueldad de tus ojos
el anillo celeste
alrededor de los párpados,
la vaina negra del aura
al amanecer 
   de tus ojos
él  /  la  memoria
en tus piedras lilas
el pegajoso devenir 
el horizonte
la marca que me dejó
tu
       mirada
y el movimiento
    de tus ojos 
cuando lloran
y cuando desaparecen
hasta la oscuridad de mis días. 




Misiones
                                                        Para mi amigo Osvaldo Vigna
                                                                      que se emociona con la selva                                        

El cielo de la noche                                       
mordiéndome los dedos,
los sulfuros  del hombre
 en la terca altura de las estrellas
casi ahogado
abriendo y cerrando
recuerdos de niños y niñas
como manzanas y barcos
en el río que le va marcando a la luna
un regreso sin dios en su
cárcel de esteros.
Da ganas de gritar en la profundidad de todas las cabelleras
      y las plantas
         y la sombra de los pumas
 y la perfección de los insectos
sólo para invocar a Quiroga
a un vino a tiempo
en las redes naturales del ensueño .
Acá es difícil el gris y el futuro,
quieto;  se escuchan  pasar todos los males
y todas las dulzuras sin que haya
jamás donde guardarlas;
la creencia general es que  
“ todo crece sobre la base
de un profundo miedo a transformarse en lo que amamos
y en ese momento no saber qué hacer.”


Portugal Bajo la Niebla

Estaba mi cuñado, mi tía
una sobrina rubia /en el camino/
una vara marcando los límites
las partes en que el pedregullo podía ceder
mi tía se alisaba el pelo 
con un peine de nacar antiguo
bajaba los párpados e inclinaba
la cabeza y su cutis como una
piedra pulida tenía
grietas dulces y suaves  por
las que corrían lágrimas cristalinas
resplandecientes como los vidrios clavados
en los muros por los que solíamos
subir y cortarnos las rodillas
y así veíamos como pasaban los
camiones y los autos y las
caravanas de gente
unos contra otros medio muertos 
de hambre    sucios    pobres
vencidos y exhaustos hasta para la locura
para escapar para
abrirse paso en el bosque
lejos del camino donde una vez
anduvimos cuando fuimos mayores
con mi hermana que hervía 
en una calentura precoz
y no se dejaba y no podía hasta
que al fin se echó contra 
un árbol y acabó 15 veces
mientras mi cuñado se
enteraba de a poco, asmático
traslúcido, visceral
fresco como un remo en la madrugada
de la primavera en que mi hermana
dio a luz a dos pequeñas tigresas
ensopadas y rojizas, nerviosas
y gritonas    y en el camino
de regreso del hospital
vimos como una se moría
mientras la otra sorbía del pezón
la gota cremosa que derramaba
la vida hacia el silencio de los
que estábamos inmóviles sobre
la ruta intransitable en una
tarde de julio con mi hermana
enloqueciendo y dando de mamar a mi única
sobrina viva    y tuvimos miedo
y pena y el valle por el que
hasta el momento había pasado
toda nuestra vida tuvo
su primer funeral de cajón blanco
su primera madre loca
su primera valla de olvido necesario
su primer pavor a lo sobrenatural.

Mi cuñado fumaba en el porche
bajo el frío que le enrojecía las mejillas
con la vista fija en el final
del barranco del camino de tierra
por donde no caminábamos más que nosotros
y trababa el empeine de los pies
haciendo palanca contra el tronco
tirado sobre el piso hasta que
parecía formar parte del paisaje
hasta que la noche lo hundía
en las tinieblas y el asma
y las sombras y el cigarrillo lo
obligaban a entrar a pasar
la mirada por sobre nuestras
cabezas inmóviles y tibias sin
que se pudiera imaginar nadie
que pensamiento    conclusión     temor
odio    amor    venganza    alegría
esperanza    ruego    dolor lo habían
afectado porque no hacía otra cosa
más que eso e irse con
los perros hasta un rincón  en
la cocina y darles de comer y
suponíamos que hablaba sólo con ellos
menos mi tía que había muerto durante
un eclipse de luna de tétano por un
corte que se hizo con una hoja de afeitar
mientras se rasuraba las piernas
y que tenía con él a veces
arrebatos y caricias    besos y dolores
como mi sobrina que reía en medio de sus
erupciones adolescentes
comiendo los bichos que guardaba bajo la almohada
todo el tiempo que duró el embarazo y hasta
que nacieron las mellizas
un día antes de que me sacaran
a mirar desde el balcón
cómo había quedado el pueblo
después de la guerra después
de tantos años en que yo
no había visto a nadie
no había sabido del sol o la lluvia
y entonces supe que los guardiacárceles 
eran otros y que alguien había
declarado una amnistía y
me dieron mi ropa y unos pesos
y un estuche de cuero donde encontré
la foto en la que yo
estaba con las mellizas en los brazos
traslúcido y asmático
rodeado de perros
y de una familia a la que no conocía.

                  De “Vacantes en el Infierno” 1992


Nos moríamos de amor
en las noches congeladas del invierno
Tendría que haberme dado cuenta
de sus tardes rojas solitarias
de que le daban miedo las rutas en la lluvia
de que prefería el ether de vainilla
y la tranquilidad de los ríos de montaña
y la oscuridad
y no explicarse.
Nos moríamos de amor
Con ferocidad y encanto
creo que nos sigue pasando
pero no sabemos cómo.