8 de diciembre de 2013

Textos de participantes en Talleres literarios ccungs 2013


Compartimos textos de participantes en TALLERES LITERARIOS CCUNGS 2013:

HERRAMIENTAS DEL ESCRITOR. LUGAR-ESCENARIO-PERSONAJES-CONFLICTOS”
                                 Coordinado por  Julio C. Azzimonti

Taller literario "La poesía es una fiesta de los sentidos"
POESÍA, FIESTA DEL SENTIDO. CREACIÓN Y RECREACIÓN POÉTICA HACIA LA PRODUCCIÓN GENUINA.
                                   Coordinado por  Clo Claudia Migliore
                                            
 Protagonista espectadora


Entro a la habitación. Diviso una silueta en la penumbra. Somnolienta y confundida reveo la escena. Algo está mal…
El corazón me late con prisa furiosa, como si fuera a salir corriendo de mi cuerpo inmóvil. No puedo mover si quiera una pestaña…estoy de pie, junto a la puerta, obligando a mis pupilas a esforzarse para ver entre la escasa luz del ambiente. Finalmente lo logran, la silueta sombría se va rellenando, poco a poco, dejando ver los rasgos de mi rostro. Sí, mi rostro. Soy yo. La misma la que yace en mi cama mientras permanezco de pie observándome. Acaso ¿estoy muerta?
Montones de interrogantes me acechan. Se retuercen en mi vientre posibilidades siniestras. Comienzo a  dudar si realmente me levanté para ir al baño. ¿Cómo lo compruebo?, ¿cómo sé que no es parte de un sueño incluso el pellizco que me di para despertar?
Pienso con velocidad, busco auxilio entre los parámetros de la razón y solo encuentro más y más desesperación. Tengo que hacer algo… tengo que acercarme a ella... ¿a ella?, ¿acaso estoy refiriéndome a mi misma en tercera persona? Siento que estoy a punto de enloquecer.
Me acerco muy despacio, la examino con cuidado. Tengo que saber si ella… mi otro yo, realmente es ella y está ahí ahora.
Me aproximo más, lentamente... Su posición indica que está sumida en un profundo sueño, solo si pienso en positivo... verdaderamente no estoy segura de que esté viva.
Me posiciono con miedo a escasos centímetros de su cara. Entonces  logro sentir su respiración… Qué alivio…  no está muerta. No estamos muertas. ¿Entonces quién soy yo?, ¿soy esta o aquella?
Tengo que despertarla y resolver este asunto. Tal vez ella lo sepa todo…
Se estremece cada centímetro de mi cuerpo cuando envío a uno de mis dedos a hacer contacto. Punzo su brazo despacio y el mío es punzado también. Salto de espanto y registro la alcoba completa, ya con la vista entrenada como un halcón. No hay nadie más… 
Tomo unos segundos para que desciendan mis pulsaciones y otra vez lo intento. Paso mi mano por su rostro y repercute en el mío. Pruebo tocando su pierna y luego su espalda y cada contacto se reproduce en mi cuerpo como un espejismo. Sollozo nerviosa, atónita… mientras ella ni se inmuta. Pero respira… lo siento…
Es excesivo para mi mente. Me apresa un colapso de ira y le jalo el cabello con fuerza. Una nebulosa negra estalla y todo se desdibuja. No veo nada… Abro los ojos, los cierro y nada…es todo negro.
Escucho silencio, mucho silencio… Abro los ojos de nuevo. ¡Me asusto! Estoy en otro lugar.
 Veo desde otra perspectiva, desde la de ella, que ahora soy yo… Estoy en la cama y lo entiendo todo. Fue culpa de un sueño.


   
 Atardece el abuelo

Observaba a mi abuelo cuando tomaba su merienda. Exactamente a las 5 de la tarde, con rigurosa puntualidad. Inentendible para mis hábitos.
 Siempre constaba de los mismos ingredientes. Un tazón de leche caliente azucarada y abundante pan de campo.
Se sentaba en la silla y la curva de su espalda era tan pronunciada que casi lanzaba su cara a la orilla de la mesa. Colocaba metódicamente una servilleta  por debajo, sobre su regazo, y otra amarrada al cuello de su camisa cuadrillé, imitando un babero de bebé.
Me llamaba la atención la rudeza de sus manos, ahí portaba años de trabajo duro y alguna que otra caricia. Con ellas cortaba pedazos de pan  y  los humedecía en la taza con tal rusticidad que gran parte de la leche terminaba derramada alrededor. Armaba un pintoresco desastre junto con las migas que caían. Supongo que era la única forma que tenia de comer, luego de la precipitada jubilación de su dentadura.  Nadie se atrevía siquiera a sugerirle que se colocara una prótesis… para llevarlo al médico había que engañarlo como a un chico.
Cuando se ha sobrevivido a guerras se piensa muy diferente. El detalle es ignorado por completo. A mi abuelo no le interesaba absolutamente nada del aspecto físico y la salud del cuerpo. Tenía la piel ajada por los años y los ojos muy pequeños, tan hundidos en su rostro que había que esforzarse mucho para notar su color celeste. Era un hombre serio y reflejaba  pocas  emociones, pero cuando al fin reía, sus ojos simplemente desaparecían, se convertían en dos surcos fruncidos. Su expresión exagerada invitaba a reírse también.
Al terminar su merienda, a fin de no desperdiciar nada, recogía las migajas con la mano derecha como escoba y la izquierda como pala. Ejercía tanta fuerza sobre la mesa que esta se zarandeaba de aquí para allá, a pesar de que era de una madera muy resistente, de roble… igual que él.                                                                  


                                                  Autora: Paula Olivieri






Nieta de un inmigrante sirio

Recuerdos perfumados en torno de mi mesa.
Una ola materna bendice a un niño que pronto partirá.
El umbral protege el negro paso hacia la ausencia del hijo.
Sangre clavada por uñas impotentes registrarán los marcos de la puerta sencilla.
Mueve la mano desde un regazo de seda marina la memoria del niño.
Encuentra sabores de bendiciones arcanas en un país lejano. La piel se irá estirando, secando, arrugando desde el salitre hondo que impusieran antaño.
Trae un buque un pañuelo de seda, lo recibe la madre junto a las algas. Cubrirá su cabeza y sentirá la salitrosa humedad de su niño anciano, alimentada de una entraña viviente.
Y yo, desde este umbral, siento otra vez la sal en mi cabeza. Aquella mujer, desde su tierra ignota, preparando el viaje sin retorno del hijo, me tejió con su hálito un mundo que hilo con dulzura.


Espacio y tiempo

Delineaste la forma del encuentro,
espacio y tiempo, abstracción de tu infinito.

Un tú a tú se abre en la cornisa de este instante que me reparte lejos del abismo.
Encrucijada de tiempos, constelaciones de espacios.

Una topología privilegiada se impone a mi galería cronológica: un galpón…varios  galpones.
Realidad y símbolo,  cristalización y constancia de latido, yo y los otros.

Galpón I: espacio ilusionado de un hombre que se nutre de un futuro compensante.
Galpón II: lugar que agazapa la única posibilidad de otro hombre para alcanzar lo deseado.
Galpón III: frustración de un espacio desparramado en sus partes,   espejo  de un desesperado.
Galpón IV: esbozo preciado de un joven pintor que mira  intersticios de futuro.
Galpón V: espacio en movimiento, lo nuevo convive con lo viejo, una mujer ensaya una mudanza.
Galpón VI: último piso del rascacielos que permite a un hombre su buscada perspectiva.
Galpón VII: construcción provisoria con cimientos de templo vivo. Nostalgia del modelo: “La Sabiduría construyó su casa cimentada sobre siete columnas” (Miniatura medieval).

                                                                                                                     
                                                    Autora: Norma Haydeé Lase




La memoria  de los malditos

  
    Diluvia. Y se me hace tarde. Debo reemplazar al cantinero, que no puede ir a trabajar. No se confundan, no soy un empleado cualquiera. Mi padre es dueño de un bar tradicional en una ciudad sin importancia. Él quiere que me haga cargo del negocio, empezando desde abajo. No soy un amante del trabajo, pero tengo sentido del deber. A veces. Pero, ¿Justo hoy que llueve? Qué jodida suerte. Ni hablar. El uniforme y sobre él un piloto. Paraguas en mano, salgo al exterior húmedo y pegajoso.
    Las luminarias comienzan a encenderse anticipadamente, de forma intermitente una tras otra. No hay mucha gente en la calle. Cuando llego, veo un auto negro que se destaca de los demás. Un modelo clásico, al parecer. La lluvia arrecia y decido entrar.  
    El bar está lleno. La mayoría son habitúes del lugar. Algunas caras me resultan conocidas. Parece ser un buen refugio para pasar el rato con una hermosa mujer, jugar poker, o conversar, trago de por medio.  Es un bar típico. Las paredes revestidas de madera de roble tallada a mano, las mesas, también de madera, magníficamente decoradas y la barra de un estilo similar al de una de los cuarenta.
   El otro cantinero dejo todo en orden antes de terminar su turno, así que tomo posesión. Me familiarizo con los tragos, con las botellas y hasta con el bate de béisbol que se utiliza en ocasiones para espantar a los revoltosos. Espero no tener que usarlo.
   Pasa el tiempo, la lluvia cede. Todo normal.  Algún que otro cliente ocasional que se acerca, pide algún trago, y vuelve a su mesa. Sin embargo, tengo un presentimiento. Y aparece alguien.
   Lo veo con dificultad. El ventanal está muy empañado. Sólo alcanzo a vislumbrar una figura distorsionada, que se mueve lenta y fantasmagóricamente hacia la puerta y entra. Uno más buscando refugio. Con un paso lento y acompasado, con las manos hundidas en los bolsillos de la gabardina, se aproxima a la barra. Nadie lo nota, pasa desapercibido para todos, menos para mí   La gabardina es negra y corta, sólo alcanza a cubrirle hasta unos centímetros por debajo de las rodillas. Por lo que puedo apreciar, también lleva una camisa blanca, corbata y sombrero negros, pantalones gris oscuro y zapatos negros con un toque de blanco en las puntas.
   Se sienta a la barra y mira de costado a un ebrio durmiendo. Niega con la cabeza como si reprobara la situación. Se saca el sombrero y lo coloca a un costado.  Puedo apreciar su rostro con total nitidez: de rasgos duros, mentón pronunciado, nariz grande y ojos celestes. Me mira fijamente y no dice nada. Yo tampoco. Así por varios segundos. Su mirada es fría y penetrante. Frunce el seño, quizás incitándome a iniciar la conversación. Para romper el hielo digo:
  -Buenas Noches, ¿qué desea tomar el señor? 
Sigue con la mirada fija un momento y luego parece relajarse. Limpio la barra con un trapo rejilla deshilachado y pongo un vaso. Ya no se le marca el seño: me mira y dice:
  -Odio la lluvia. Hace revivir recuerdos y eso es malo para el negocio -mira hacia arriba y continúa, sin mirarme- Lola, te extraño.
 -Una persona querida, supongo -dije. Se puso serio y sin responderme, dice:
 -Voy a tomar un Jack Daniels sin hielo. Deja la botella, muchacho. Es la medida perfecta.
 - Para olvidar, imagino -dije con una leve sonrisa. No contesta y a la  vez me pregunta:
 - ¿Cuál es tu nombre hijo?    
 - Joseph Colina -le dije relajado.
 -No, no, no, no, no.  Te voy a llamar Bob, dice con total naturalidad. Es intimidante. Una rudeza desagradable. Aunque la situación se torna grotesca, no atino a responder inmediatamente. Cuando finalmente voy a decir algo al respecto prosigue:
  -¿Sabes lo que va a pasar aquí? Cuando termine la botella, voy a sacar mis dos browning nueve milímetros y voy a iniciar una balacera de novela hacia una de las mesas. Y quiero que esos miserables me vean la cara antes de morir. Que me vean los malditos.
  Quedo desconcertado. Una risa nerviosa se escapa de mis labios. Miro hacia el salón pero me toma del brazo. De nuevo esa mirada penetrante. Trate de calmarme pero casi me orino en los pantalones. Me suelta. Le sirvo un trago para salir del bache. Coloca las manos sobre la barra. Una sostiene el vaso y revuelve el contenido con movimientos circulares. Se detiene. Rodea el vaso con ambas manos y mira dentro. Parece perderse en el líquido semioscuro. De repente, vuelve a la realidad. Luego dice:
  -Disculpas por la escena. No te preocupes. Todo a su tiempo –hace una pausa y luego continúa hablándome:
 ¿Te gustan las historias, Bob? El clima es propicio para una ¿no te parece?
  Me mira sonriente, esperando una respuesta. Entonces, decido fingir interés. Seguirle la    corriente:
  -Claro. Me gustan las historias –digo, eligiendo las palabras adecuadas.
  -Bien te voy a contar una -se despacha-. Pero hay que retroceder hasta el principio cuando era otra persona.
    Yo Era policía, uno muy bueno. Junto a mi compañero teníamos una habilidad innata para llevar delincuentes tras las rejas. Hasta fuimos condecorados por nuestro buen servicio por el máximo jefe de la policía. Eran buenos tiempos. Pero pronto caí a la realidad. Todos los casos que resolvíamos, todos esos mal nacidos capturados eran liberados por abogados que siempre tenían un as en la manga para favorecerlos. Ni hablar de los peces gordos que tenían contactos con jueces, abogados, políticos y hasta miembros de la misma policía. Una estructura podrida que por más que quisiéramos estaba en contra de nuestro trabajo. No era muy alentador saber que tu trabajo no sirve para nada.
   Yo no perdí la fe. Pero mi amigo sí. Comenzó a relacionarse con narcotraficantes y prostibulos. A cambio de protección y de información, él recibía dinero, mucho dinero, y drogas. Solo nos veíamos en el trabajo. A medida que pasaba el tiempo se hizo adicto. Se lo veía demacrado, consumido. Intente ayudarlo pero fue en vano. Y luego pasó. Parece que pidió más de lo que debía o presenció algo que no tuviera que ver, o amenazó con develar algún secreto, ¿quién sabe? Entonces, arreglaron su muerte de la forma usual: un accidente. Los cerebros que lo idearon lo planearon muy bien. El auto freno de golpe y un camión lo chocó de atrás y eso generó el incendio. Me ocupé personalmente de la investigación y las pericias demostraron que los conductores del camión ya estaban muertos antes del choque; además, luego aparecieron testigos que vieron cómo unas personas le prendían fuego al auto. Con todas las pruebas, fui a ver a mi superior para que reabran el caso pero fui demasiado ingenuo. Me dijeron que archivarían el caso a pesar de las pruebas. Por cuanto los habrán comprado, pensé.
  Indignado, entregué mi placa y mi arma y pasé a la clandestinidad. Para hacer justicia por mi cuenta. Cruce la línea. Cambie. Mientras buscaba al culpable, hice cosas malas, muy malas para sobrevivir. Pateaba puertas, mataba por encargo y por ello me pagaban un buen dinero. Mientras, sacaba información y me acercaba a mi objetivo. Hasta que encontré lo que buscaba. Los que mataron a mi amigo eran los jefes de un cartel de drogas muy bien posicionados. Solo había que encontrarlos.
   Pero cuando creí tener clara la ecuación apareció ella. Lola, una dulzura. Trabajaba de mesera en un club nocturno propiedad de estos narcos. Buscando información la conocí. Algo renació en mi. Me di cuenta que lo que hacia me llevaría a un punto sin retorno. Creí que a su lado podría olvidar la mala vida y por ella me retiré. Olía a fresas. Tenía cabello castaño y largo que me gustaba acariciar. Adorábamos el jazz, el teatro, los días de lluvia. El tiempo pasaba y no nos importaba ni nos dábamos cuenta de lo que pasaba alrededor.
   Pero unos policías corruptos les pasaron información a los narcos sobre mí. Les dijeron que me estaba metiendo en sus asuntos y que los buscaba. No me encontraron. Y entonces se metieron con Lola. Un tiroteo mientras cruzaba la calle con un ramo de rosas. Cómo amaba las rosas.
   En su tumba me maldije y maldije la vida. Me había ablandado y murió otra persona. Lola, dulzura, ya no estás aquí. Volví a introducirme en la podredumbre, salí de mi retiro dispuesto a terminar de una vez por todas con esto. Pero esta vez fui cauteloso. Fingí desaparecer por un tiempo. Mientras, cobraba favores y hacia hablar a testigos que luego pasaban a mejor vida. No podía dejar que me delaten. Pero no te preocupes eran de la peor calaña, así que sin remordimientos.
   Finalmente di con el dato de un lugar al que asistían estos capos narcos. Un bar donde se juntaban a beber café y whisky siempre al atardecer religiosamente. Iban solos, sin custodia. Tal era su seguridad e impunidad. Se creían intocables. Como si fueran de la realeza. Ya se habían olvidado de mi pero yo no de ellos. Esos malditos.
    Y bueno, eso nos trae al principio.  Aquí estoy yo y aquí están ellos. ¿Te gusto la historia, Bob? , me pregunta.
   Tengo que admitir que es una historia interesante y me hizo olvidar de la situación en la que estoy metido sin querer. Pero ya no estoy asustado. Ahora comprendo sus motivos. Mientras contaba su historia escruté las mesas tratando de adivinar quien podía ser. Pensé en tratar de sácaselo con algo de psicología, aunque no soy psicólogo.
   Así que respondo:
   -Bueno, es una historia trágica, pero: ¿Realmente cree que resolver las cosas a los tiros, cambiará algo?
  Pude apreciar que mientras contaba su historia, estuvo bastante animado. Pero ahora parece que la pregunta tocó una fibra intima. Lo veo cambiar el semblante. Se pone serio. Luego contesta:
  -Es cuestión de justicia, nada más. Para el caso son dos basuras menos.
  -¿Cómo es vivir con la muerte de la gente en su conciencia?-pregunté sin filtros.
  Temo una actitud hostil de su parte. Pero contesta con naturalidad:
  -Los que murieron por mi mano lo tenian merecido. No eran inocentes. Y después de todo la venganza es el placer de los dioses. ¿No es así?
  -¿Y usted se cree Dios?-pregunté.
  -Creo que ya no soy responsable de mis actos. Sólo soy un instrumento. Es inevitable. Nada más.  ¿Quieres transformarte en mi conciencia, Bob? Porque hace tiempo que perdí la mía.
   La conversación no va a ningún lado. Hay determinación en sus ojos. No soy el más valiente. Pero esto no puedo permitirlo. Espero el momento adecuado, una distracción. Mientras, acaricio el bate de béisbol esperando el momento para darle un buen golpe. Una locura total. Pero en situaciones extremas, medidas extremas.  Le sigo la corriente, tratando de parecer diplomático. Le pregunto:
  -¿Y que pasará después?
  - El tiempo dirá. Esto tiene que concluir de una forma u otra. Yo...
Bruscamente deja de hablar y toma su sombrero. Interesado por obtener más respuestas pregunto lo primero que se me viene a la mente:
  -¿Desea otra copa?
  No me contesta. Se levanta de una vez. Absorto por la historia, por esa personalidad avasallante, me comprometí de tal forma que no me había dado cuenta: La botella esta vacía.


                                                         Autor:  Hugo Gauna 



En camino
Vas, allí vas
con tus ojos de río calmo,
con tu tono de voz
hecho caricias.
Con tu sonrisa
que consuela,
con tu palabra
que contiene,                         
con tu lágrima,
que hiere la tarde.
Desencantada de promesas,
hastiada de halagos,
ávida de paz,
saciada de amor.
Allí vas, vas…
hacia tu destino implacable.
Ritos
Necesito de los ritos
cotidianos,
mecánicos,
rutinarios
para poder reencontrarte.
Te pierdo a veces,
por momentos,
por épocas,
por horas…
Por eso el mantel
con esas tazas,
por eso  los horarios
y el aroma a comida,
por eso  las plantas
que reclaman el riego,
y ese poco de ternura aún,
entibiándonos al alma.
                                                   Autora: Graciela Maschi





Oración a la serenidad


Perfume a lavanda.
El piso del comedor y de la cocina limpios
el ventilador en velocidad moderada
los niños ya almorzaron
algunos adultos duermen la siesta
más tarde se debe seguir la jornada
se esfuman por la ventana
y se impregnan las cortinas
como atrapamoscas
de los olores de las ollas:

Calma

el lavarropas en cargamedia
y el envase de enjuague sobre él
solo para la ropa del bebé
hay ropa para lavar
hay comida
y el piso está perfumado y limpio:

Calma

calma en la casa austera
hasta la mente de ella
parece estar al unísono
le ha dejado de hablar
con su verborrea particular:
debes hacer, debes hacer!
-tregua- ha dejado de decir su parloteo
para unirse a su calma
hoy de hogar, sólo hoy.
Y es tan dulce esa calma!
Y está tan limpio el piso!
Es la frescura en una siesta calurosa
que llama:
al patio, a los perros
a las sábanas, a la cama
al mantel, a la mesa…
Hoy, sólo por hoy se llaman:

Calma.

                          
                                            Autora: Carla Godoy

6 de diciembre de 2013

Carlos Monti

                                                        

                                                  Voces del más allá

    Escucha murmullos que vienen desde el fono del pasillo. La casona que habita está rodeada de una mística extraña. La compró barata, dicen las malas lenguas que hay espectros que se ven en la noche. Fabricio no creo en esas cosas, con sus estudios superiores en física cuántica y la beca de la universidad, irá de a poco refaccionándola. Es verdad que hay algunos ruidos, las tuberías están muy viejas, comidas por el óxido. Algunos cuartos los clausuró, por el abandono y el olor moribundo, mezcla de ratas putrefactas y alimañas.
   El lunes, se llegará hasta el pueblo, pasando la universidad a unas cuadras hay una ferretería. Comprará lo necesario, caños nuevos, pinturas, clavos y un martillo. El que está en el galponcito contigua a la casa, le falta el mango.
Se pasa todo el fin de semana corrigiendo trabajos prácticos de sus alumnos, no tiene tiempo para dedicarle a la casona. Cuando cae la noche, comienzan los ruidos. Cree que hay un nido de comadrejas entre el techo de chapa a dos aguas y esas paredes de mampostería.
    Definitivamente se la vendieron barata por los ruidos y los olores mezcla de resaca y humedad avanzada. Piensa que todo se soluciona con echarles unas horas de trabajo.
   El traslado desde Buenos Aires, oriundo de la ciudad de Belgrano donde tenía todo al alcance de la mano, su trabajo académico, la novia que dejó ilusionada y esos bares literarios. No sabe por qué la facultad lo mando de golpe a ese pueblucho de mala muerte.  Repentinamente sin preámbulos previos, sin una carta de presentación, pero carajo parece que se fue huyendo.
   Llegó el lunes… preparó todas las carpetas con los trabajos prácticos corregidos, se subió a la vieja camioneta Ford f 100 que heredó de su padre, nunca fue muy amante de los autos, pero sí de los libros. Vino con dos bolsos de ropa y seis baúles con libros: de su trabajo, poesía, arte… -es su placer la lectura-.
   Dejó por un rato los ruidos de la casona, la facultad lo distiende, se distrae con los alumnos. Está como enfrascado en sus trabajos, los discursos, escritos sobre física, algunos ensayos sobre química. De golpe se acuerda, ya es hora de volver a la casona, pero antes pasa por la ferretería.  Estaciona su camioneta roja, descolorida por tantos años de dormir a la intemperie, sobre la acera de la ferretería del pueblo (Rojas, provincia de Buenos Aires).
-Buenas tardes –dijo cerrando la puerta de madera con ese gran vidrio.
-Qué necesita-le contesta el ferretero, ¡con aires de pocos amigos!
Se presentó -soy el profesor que se mudó la semana pasada a la casona. En las afueras del pueblo, me llamo Fabricio.
-Hay que tener coraje para vivir solo en la casona- acotó el ferretero.
-¿Por qué me lo dice?
-Mire usted es nuevo y no lo quiero andar inquietando con habladurías.
-No por favor cuénteme-Dijo Fabricio.
-Mire profesor hace como unos treinta años atrás, la casona estaba llena de fiestas, un matrimonio en buena posición, con cinco hijos, tenían un buen pasar. Que se evidenciaba en la construcción fastuosa, con una serie ininterrumpida de cuartos en tonos pastel, tuvo que ir cerrándolos por los ruidos y ese olor como a rancio y putrefacto.
-Una noche, vuelve el dueño de la casona de trabajar y… encuentra a su mujer en la cama con el cabo del pueblo .Un muchacho muy apuesto. El hombre enloquece y busca la escopeta que tiene guardada en el galponcito: de dos caños que usaba para cazar perdices, cerca de la casona en los campos contiguos .Sube a su habitación sin hacer ruido y les da un escopetazo a los dos.  Los chicos se despiertan llorando y se encierran en el cuarto de al lado. Hasta que llega el comisario y se lleva al asesino. Los chicos, los reparten entre familias de otros pueblos. Se dice que en noche de luna llena, en la ventana de arriba, la del dormitorio, se los ve al cabo y Elida como vagando entre dos mundos.
-Perdón profesor no quería asustarlo, hace como diez años que nadie habita la casona. Concluyó el ferretero.
-No se haga problema… yo no creo en esas cosas, los muertos, muertos están, hasta luego.
-Espere le ayudo a cargar todo a la camioneta, me dijo que también lleva un martillo.
-Si gracias y hasta luego- Acota Fabricio.
    Esa tarde volviendo a la casona, se quedo pensando en la leyenda que le conto el ferretero. Como es ateo y científico dijo para adentro,” esto es cuento chino-¡si no lo veo… no lo creo!”
   Volvió a su rutina de estudios y correcciones. Ya no subió al piso superior donde ocurrió la tragedia: por los ruidos y el olor. Que se tornaba cada vez más insoportable, de apoco tuvo que ir cerrando los cuartos. El dormitorio principal y los dos contiguos. De nada le sirvió tratar de limpiarlo y pintarlos ¿arreglar las tuberías y canaletas?
  Pensaba, esas comadrejas están cada vez más grandes. Ya no puedo dejar de escucharlas, hasta hacen mover las lámparas y esa araña hermosa que cuelga del living, frente a la chimenea. Se tuvo que mudar al sofá, rodeado de sus libros y ¡la máquina de escribir Olivetti!, una reliquia que conservó de su abuelo.
   Una tarde a la vuelta de la facultad, lo acompañó el desratizador del pueblo. Había sido recomendado en el almacén de ramos generales, donde compró los alimentos.
-Miré ya no puedo subir al primer piso de la casa, ¡Esos ruidos y el olor tan putrefacto, como si hay animales muertos dentro de la mampostería!
- Quédese tranquilo don, hay una vieja tubería dentro de la casa que da al sótano, hace como veinte años me metí. La recorrí toda, seguro que hay animales muertos, tantos años abandonada   desde la tragedia, pobre hombre como enloqueció- comentó Ramón.
-Esperé ¿cómo me dijo que se llamaba?
-¡Ramón!...Don.
-Bueno, ni sabía que había un sótano, lo acompaño- creo que cerca de la chimenea hay una linterna, la busco… y bajamos.
   Abrió la puerta de chapa, y un ruido seco se acomodó en la habitación. Estaba justo debajo de la alfombra del living, tuvo que correr la mesa ratona. ”Como para encontrarla”, pensó en voz baja. Comenzaron a bajar entre una nube de polvo, la escalera rechinaba con las pisadas, queriéndose romper los escalones.
  El sótano, era como una gran sala con tuberías llenas de tierra y telarañas. En el centro una salamandra inmensa, como para calefaccionar toda la casona. Como era primavera hasta el momento no tuvo frío. Al fondo muchas latas viejas y una bicicleta de niño y una cuna de madera en muy mal estado. Ramón se introduce por las tuberías. Como lo había hecho unos veinte años atrás, se lo escuchaba ir gateando y entrever los reflejos de la linterna, de golpe… ¡Un grito ensordecedor!, se siente como retrocede raspándose las rodillas, chorrea sangre, se baja como si un rayo lo ha penetrado. Me lo quedo mirando, él con su vista perdida muy perturbado. Lo zamarreo, ¿qué está pasando? 
   Se despierta de su letargo, Don… vi un a luz blanca, al fondo de la tubería y un espectro que me llamaba: estaba vestido con su uniforme de cabo y una señora atrás lo acompañaba.
-¡Don Fabricio! no hay animales muertos, la casona está embrujada. Yo que usted, ya mismo la abandonó.  O vaya en busca del padre Mario.- dicen que hace poco llegó de Italia, aprendió a sacar los demonios-, yo vi con mis propios ojos una de las pequeñas hijas del farmacéutico estaba con el diablo a dentro, hablaba en lenguas extrañas. A mí también me llamaron, porque la casa del farmacéutico tenía un olor nauseabundo y ruidos extraños. Un domingo después de misa se apareció con agua bendita y un crucifijo, bendecido por el mismo PAPA, dicen que la niña se retorcía y vomitaba bilis verdosa amarillenta mientras el padre le lanzaba el agua bendita en su cuerpo y decía sus oraciones.
   Me convenció, el domingo voy a misa, después le cuento al padre lo que está pasando con mi casona. Pasaron los días y Fabricio cuando venía de su facultad, se quedaba recluido en el living. Hasta había mudado una cama…-ya no tenía fuerzas para subir al primer piso-.
  A sus colegas, les pareció muy raro cuando no lo vieron llegar el lunes a la facultad. Era un profesor muy dedicado y correcto…los rumores le llegaron a Ramón y se acordó de la charla que había tenido la semana pasada.  Llamó al comisario, para que lo acompañara a la casona, nadie en el pueblo tenía noticias del profesor. Ni se animarían a llegarse hasta la casona. Fueron con el auto oficial. Ramón tenía un mal presentimiento, se miraban con el comisario. Cuando estacionó el auto cerca de la entrada principal, bajó la ventanilla, un olor a putrefacto se desplomaba en el ambiente.
  El comisario desenfundo su arma, e ingreso primero a la vieja casona. Lo siguió Ramón medio espantado.
  Descubrieron el cadáver del profesor tendido en la alfombra del living, con la mesa ratona corrida y la puerta de chapa entre abierta. Uno de sus brazos colgaba en el interior del sótano, como si lo quisieran arrastrar hacia su interior, en la mano diestra un crucifijo.
-Creo que no pudo ir a la misa del domingo, ni llego a verlo al Padre Mario- acoto Ramón.
-Mire, por las pruebas que le hice, lleva muerto desde el sábado.  Dedujo el comisario.


Autor: Segovia Monti.


Carlos Monti en la Feria del Libro 2014




Carlos Monti (Buenos Aires, 1961)
Presentó su libro “El Faro San Juan Salvamento” (nouvelle), en el Centro Cultural de la Universidad de General Sarmiento, en 2013.
Su libro “El Faro San Juan Salvamento”, participó durante el 2013 en:
    -Feria del libro “Libros como puentes” (Buenos Aires)
    -LOS FAREROS DEL FIN DEL MUNDO (Chile)
    -La Red de Cuenta Cuentos (España)
    -Feria del libro “Hispana” de Nueva York
    -Feria del libro local en Bella Vista
    -Centro Cultural San Martín
    -Cámara de comercio José C. Paz ( Plaza Sector Educativo)
Trabaja en la Biblioteca Educativa Rural  ESB 312, San Miguel.
Libros a publicar: “ La saga de los faros” y “Un mal trago en la calle Olabarría”.

Su Pág. en  facebook:

Una luz que otea
En
La inmensidad.
Un refugio
Para
Soñadores.
Un candil en los fríos inviernos
En la humanidad.
Un despertar de alondras y madreselvas
Un rugir de
Ecos
En los arboles
De los tiempos.




Las verdades...



Quién en este mundo, habla con la verdad, piensa con la verdad, siente con la verdad.  Una de las personas auténticas, verdaderas, sin prejuicios es Don Jeremías… No tiene nada que perder, ni cuentas que saldar. Hace como unos veinte años que se jubiló del ferrocarril, vive con una pensión austera pero le alcanza para sobrevivir.
Hace unos cinco años atrás, enviudó. Sus dos hijos dejaron el nido ya no se acuerda cuándo.  Tiene un banco con esterillas, lo saca  todas las tardes, después de la siesta, con el mate recién cebado y se acoda en el viejo umbral de la fachada de la casa humilde que habita. Sus manos temblorosas dejan cuenta del paso de los años.  Esas arrugas en el rostro de la época de señalero, con el farol. Pasó miles de noches en andenes de tantas estaciones que no se las podría acordar. Saluda a los vecinos del barrio, haciendo una reverencia con el sombrero. Es de esas personas que todavía  se viste con pañuelo al cuello, bombacha de campo, camisa clara y una faja negra recorre su cintura.
Lo saluda a Don Eustaquio, paisano que lleva vivido más de noventa años con un caminar calcino y una cojera que lo acompaña desde el día que un potro muy brioso lo tiró de su montura. Casi se desgarra la otra pierna con la espuela y esas estrellas de metal se le introdujeron en la carne.
-Hola, cómo anda paisano, ¿salió a tomar el calor de la tarde?-dice Don Jeremías.
-Sí,  me vendrían  bien unos mates –Don Eustaquio se sienta en el mármol frio del zaguán.
-¿Se acuerda de joven?, cuando corríamos carreras cuadreras, mi yegua  cimarrona, como volaba…  ¡sus pezuñas casi no se apoyaban en la tierra! -rememora Don jeremías
-Sí… pero mejor  ¿no se acuerda de mi potro tordo y brioso?, ¡corría como un rayo!
-Me retiro- saluda Don Eustaquio.

Don jeremías se quedó pensando en su juventud. En su primera novia Sofía, hermosa como la vida misma, con una sonrisa que enamoraría hasta el más terco. Comenzó a tener sueño, con la brisa de tarde guardó el mate y entró a la vieja casa con un solo cuarto. Puso la pava al fuego y se preparó una sopa, la única ración que podía tomar de noche.
El amanecer lo despertó de golpe, la luz que se colaba por la ventana le daba justo en los ojos. Se levantó, comenzó  a vestirse con su camisa dominguera, la mejor bombacha de gaucho, su sombrero. Tomó el diario, sé colocó las gafas y se dispuso a leerlo. Las noticias las sabía de memoria, hacia como un mes que las leía… Pensó “en un rato el Padre toca la campana, e iré a misa”.
Caminó hacia el pórtico y tomó la calle. No eran muchas cuadras hasta la iglesia, ¡tenía que pasar por la plaza del pueblo! Caminó despacio como si los pies le pesaran, unas varices se habían apoderados  de sus pantorrillas.
Cruzó la plaza, el polvillo de ladrillo se le pegó en los zapatos con el rocío mañanero. Se agarró unas insoportables ganas de orinar, busco el árbol más grande para esconderse… Ahí vio una caja metálica color verde… La tomó y se sentó en el banco de granito, la abrió. Muchos billetes de todos los colores llenaban  su interior. Miró para todos lados y no encontró al dueño…
Volvió a su casa tenía una fortuna en esa caja. Ahora por primera vez en su vida, no sabía qué hacer: Llevársela a la policía y contarle que encontró la caja de chapa en la plaza. Llamar a sus dos hijos que hacía años que no lo venían a visitar y preguntarles qué querían hacer con la plata. Ir a la iglesia y hablar con el Padre José y explicarle lo sucedido.
Se quedó toda la tarde pensando. En la hora de la siesta no pudo pegar un ojo, dio vueltas con la almohada, hasta que se le cayó una idea: ir a la misa de la tarde, a última hora cuando hay pocos feligreses y entregarle todo al padre. Era el indicado para distribuir esa plata entre los pobres.
Se vistió para la ocasión, se acomodó el pañuelo con la traba de plata y su sombrero negro que tanto quería. Tomó la bendita caja de chapa, encaró para la iglesia a encontrarse con el padre y la misa que se había perdido a la mañana, por el incidente.
Al cruzar la plaza, unos ruidos entre los árboles en la casi noche lo sorprendieron. Al girar su torso un puntazo en su costado derecho lo volteó. Se le cayó la caja de chapa-… Unos malandras la tomaron y desaparecieron corriendo.
 Se encontró tendido, en el camino de polvo de ladrillo de la plaza. Su pierna izquierda rotada y de su costado derecho salía a borbotones la sangre manchando la camisa blanca dominguera. Se escuchaba su jadeo… una película de fotos superpuestas empezaron a circular en su cabeza.
Pensaba que le había llegado su hora. Se lamentaba de haber dudado esa mañana y no haber ir directo a misa, ¿Por qué tuvo que detenerse  a orinar? Como si el diablo hubiese metido la cola.
Seguía perdiendo sangre, un dolor le penetraba su costado, era muy agudo, como fantasmagórico. Quiso en vano tratar de recordar el rostro del que le dio el puntazo. Al mirar por el rabillo de ojo vio la cúpula de la iglesia al otro lado de la plaza. La cruz de Cristo le trajo paz y tranquilidad… Ésa es la última imagen que vio en este mundo.





Un Amanecer diferente                                                                                                  
                                                                                       (No desearás
                                                                                         a la mujer del  prójimo.)
                                                                                                                           
                                                                                                                                                                

     Las primeras luces de la mañana dejaban vislumbrar, un bulto en el andén.
     La estación de San Miguel, muy concurrida por trabajadores cuenta prosistas, changarines y simples  obreros. Estaba agolpada pergeñando una improvisada ronda, al rededor de ése bulto.
    Darío, era un peón de albañil. No llegó al puesto de oficial. Sin  estudios primarios completos, muy hábil con sus manos, realizando finos trabajos de mampostería. Todos los días viajaba en el tren San Martin, subiendo en la estación de San Miguel. Conocía de memoria el andén, caminaba veinte pasos en dirección al sur y aparecía el quiosco. Se había hecho adepto a unas pastillas refrescantes, le sacaban un poco el aroma a cigarrillo, que tenia impregnado en sus pulmones y en sus dedos amarillentos.
    La humedad, el rocío que se acumulaba le daban al andén, una imagen fantasmagórica, casi animal. El colectivo cuatro cuarenta colorado de cartel amarillo, lo transportaba a su barrio Manuelitas. Paraje muy humilde, con gente de manos transpiradas y callosas, con miradas sombrías y lúgubres.
   EL tren lo depositaba cerca de su trabajo.se bajaba en Palermo, después de caminar unas veinticinco cuadras, no se podía dar el lujo de tomar un colectivo,  llegaba al obraje.
   Había peones con cascos amarillos, ruido a cinceles, golpes de masas pesadas, hierros contra hierros y olor a cemento.
   Muchas horas de trabajar bajo el sol implacable de enero. Su camisa  totalmente transpirada, sus manos le hervían. El  esfuerzo era extremo, doblar  ayudado por su rodilla los oxidados hierros del ocho. Cuando por fin terminaba su jornada, se lavaba en un piletón maltrecho, con los pocos enseres que poseía, una toalla sucia y un jabón roído, manchado con grasa.
    Caminaba con su bolsito  marinero, hasta la estación  y se bajaba en San Miguel. Apoltronándose en el bar mal oliente. Cargado de borrachines y pendencieros.
   Una de esas tardes, que andaba con el pié izquierdo, cuando sus instintos, liberaron  lo bestial que tenía atrapado dentro de su cuerpo, sedujo a Laura. Una morocha hermosa, impactante, con más curvas que suspiros. Ojos saltones color miel y una sonrisa cautivante. Con cierto dejo de complicidad, su pelo cobrizo, le llegaba justo a la cintura.
   Unos pocos encuentros carnales, donde sus torsos, se transportaban en un candoroso frenesí.
   No tardo mucho tiempo la pareja de Laura  en enterarse de lo acontecido.
   Estudiando los movimientos y los horarios en que tomaba el tren Darío, hasta la ropa que  llevaba puesta.
   Un amanecer con un puñal rastrero, lo esperó en el andén. Que Darío conocía de memoria.




 Quererte

Buscar entre las piedras distantes
Un reflejo
Destello
De inmaculada pasión,
Ronronear en pos
de un suspiro,
deambular sintiendo
tu perfume.
Abrazar la  figura
Que se desvanece
En la
ya
noche entorpecida.
Reflejarme en tu diminuta                                                                                                                                                      
Sombra,
Fundirme en un suspiro
Y
Atrapar tu pelo
Hundirme en la desnudez
De tu cintura.



                                                 Autor: Segovia Monti.
                               
  
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