20 de noviembre de 2017

Jorge Claudio Simiz


Jorge Claudio Simiz (Buenos Aires, 1960) Escritor, docente e investigador. Ha publicado diez poemarios (Tríadas, de 2009, Triadas II, de 2012, Actas del naufragio, de 2014 y Café con lluvia de 2017 son los últimos) y dos volúmenes de cuentos: De solitarios (2010, Premio Internacional Artetilcara) y Los años pasan según (2015, premio Internacional “Antonio Di Benedetto”). Obtuvo por su obra literaria numerosas distinciones en el país y el exterior, entre las cuales se destacan premios de la Universidad de Buenos Aires (1982), del Sur (1980), Faja de Honor SADE y Asoc. Cult. Dante Alighieri (2009 y 2015), Internacional Poesía Guajana (Puerto Rico, 2010), el Primer premio del Concurso Bonaventuriano de Poesía (Univ. Cali, 2013. Colabora en publicaciones académicas y literarias de Argentina y Latinoamérica (Letras Salvajes, Baquiana, Letra en Línea, La termita del Caribe, Cronopios, Archivos del Sur, Nueva Lilith, entre otras); ha sido traducido al guaraní, portugués, italiano e inglés. Dirige la revista electrónica cultural “Conurbana.cult” y se ha desempeñado como docente e investigador en institutos de formación docente y universidades (UBA, UNM, UNGS, UNSA). Ha publicado numerosos ensayos y ponencias vinculados a la literatura latinoamericana.

Poemas

Los hijos

Y mientras el esclavo
y el siervo
y el mensú
y el obrero
engendraban a sus hijos,
el amo hacía sus cuentas
y contaba las nuevas
monedas de carne encadenada
en su cofre de hierro.
En cambio
el esclavo
y siervo
y mensú
y el obrero
danzaban, reían y lloraban
porque sabían que engendraban hombres.


Epígrafe
               (de una foto de Clarín)

                Casi se cae del diario/ apenitas la foto arrinconada blanco y negro/ pero hay una negrita debajo de una bolsa de nailon negro/
                No se sabe: la bomba el terremoto/ se le fueron encima/ poco importa, parece/ porque el ojo de Dios estaba en otra cosa/ y mañana publican las ternas de los Oscar/ el Mundial y la carne van en alza/ pero hay una negrita debajo de una bolsa de nailon negro/
                ¿Jugás a la escondida, Terroncito/ te disfrazaste de fantasma, de noche, de tulipán sombrío?/ pasa la Farolera/ pero hay una negrita debajo de una bolsa de nailon negro/
                ¿De qué negro baldío pintaré mi casa?/ ¿Con qué sábana de olvido el mundo se tapará la cara?/ Entre este verso y el que está viniendo nacerán cien niños/ pero hay una negrita debajo de una bolsa de nailon negro/
                En el otro hemisferio las rondas van despidiendo al sol/ aquí quiere nacer y sólo sangra.


De las formas del ser
                                    Al pueblo palestino

                De pronto uno puede no existir/ mientras iza las velas de la furia/ y repite en voz alta salmos inmemoriales/ y planea cada paso/ cada tiro/ por enésima muerte/
                De pronto/ un instante/ ahora por ejemplo/ uno puede no existir/ con toda la osamenta de un dinosaurio adentro/ y encima una coraza de bulldozer en ristre/ y unas alas flamígeras/ aceradas/ murciélagas/
                De pronto uno puede ser el esqueleto/ de lo que fuera un templo/ el hueco donde hasta ayer correteaban los niños/ el agua la ambulancia/ que no llegó o que llegó a destiempo/
                De pronto uno puede ser el polvo de sus propios zapatos/ y seguir marchando.
El poeta

Exhalarás cada huracán
    grito a grito,
         gota a gota
              llorarás
                 todos los maremotos,
 engendrarás el sueño
 horadando la noche,
    alumbrarás,
       parirás el mundo
cuando Dios ya esté lejos.

   ---   ---   ---

La camisa trizada,
    fatigada,
       la terca hosquedad de los zapatos,
 el morral abrumado
 nos recuerdan hombres
   acaso más allá de la pasión o el sueño.
En el sendero impregnado de gritos
    el poeta descubre,
       balbucea,
           erige
       la palabra.

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Hay versos que sólo se pueden escribir
desde el borde del corazón,
 desde la playa
 donde asoma cada noche la tragedia.
Hay versos que sólo pueden tomarse de prestado,
   atraparse en pleno vuelo
mientras el viento de la irrazón arrecia.
Hay versos que deben quedarse,
 dejarse allí
    barbechando,
 repreñando el silencio.


Orfandad

En súbita orfandad
Nos descubre la lluvia.
Nos inquiere
con ardiente desnudez.
Habilita rincones al corazón huido
henchido de esa luz que ya está lejos.

De repente no llueve ya
pero ha partido el día
y en alguna comarca allende las montañas
El agua se desciñe
con vastedad de virgen.

Otras tormentas derramarán el fuego.
Otras celliscas devanarán su incontable tristeza.
Otro relente grabará en nuestros párpados
la persistencia de lo etéreo.
Ella
hembra desusada
                     Ella
nunca termina de marcharse.


Lluvia

               A Lautaro

    Hijo
en esta hora
 tal vez veas solo un hombre
y su lápiz silencioso
en una tarde triste.
     Sin embargo
 ese hombre ha sabido deshabitar
    de a ratos
su esqueleto
 a la hora en que se acaban las respuestas
       las preguntas
 y solo queda el salto.
    Un día
sus huesos se quedarán
definitivamente solos
 y entonces podré decirte
   sin que lo sepas
que se puede asir el infinito
   por un instante
 (eso lo aprendí de la lluvia)
porque una tarde de lluvia
      por vez primera
me vi de sueño entero 
    y fue en tus ojos.


Uno

                                                    “Si olvidara a la que ayer lo destrozó”
                                                                                         E. S. D.   
                                                                                    
El hombre palpa
   cauta
      dolorosamente
las estrías que le dejó el amor
 el paso intempestivo
           impío del amor
                  los jardines segados
anegados
los nudillos pletóricos
de cosas esfumadas
     esa tarde
y empieza a comprender
que él ahora es esos intersticios
         esas trazas
que le dejó la gubia del amor
       esa tarde
en que Dios decidió liberarlo de su sombra.




“Ruchiérniki” (de Los años pasan según)

                La lucecita apareció a su derecha, entre el muro interminable de la quinta y los yuyos altos que orillaban la zanja. Los últimos improperios sonaban aún, no sabía si en el aire nocturno o en su cabeza aturdida, pero herían la noche apacible. “Ya hay luciérnagas” pensó y cayó en la cuenta de que el año había avanzado más allá de sus cálculos. Mientras la lucecita se zangoloteaba un par de metros más adelante, recordó: “ruchiérniki”, así las llamaban los rusos en los cuentos de la infancia, una palabra fresca, ingenua, resplandeciente…
                Apuró el paso y ella pareció comenzar una danza con ascensos y descensos, siempre conservando la distancia; luego fueron unos breves y simétricos semicírculos, como una armoniosa bengalita nocturna. “Te voy a agarrar”, musitó, se acercó y soltó el primer manotazo, que rasgó vanamente la sombra. Avanzó un par de pasos y esperó la siguiente incandescencia. Fueron varios segundos de expectativa, hasta que reapareció, una veintena de metros más adelante. El hombre decidió seguir con paso normal, pero con las manos fuera de los bolsillos de la campera. Cuando estaba por llegar al final de la vereda, el destello se encendió tan cerca de sus ojos que lo hizo parpadear: segundo manotazo en vano y la lucecita que avanzaba, entre burlona y despreocupada hacia los yuyos que contorneaban la ruta. “Ahora no se me escapa” murmuró, pero el bocinazo de un camión lo hizo detenerse: inadvertidamente estaba caminando en medio de la cinta asfáltica.
                Decidido a olvidarse del insecto y también de esa discusión repetida y estéril que le había amargado la noche, fue aproximándose a la parada, que a esa hora era un rincón más amenazante que acogedor. Allí la vio, titilante, casi inmóvil, como un diminuto astro cercano. Él se acercó, extendió el brazo y la lucecita quedó mágicamente adherida a su manga, Un foquito, un discreto faro que lo convocaba desde la oscuridad.
                El colectivo se anunciaba ya a dos cuadras y el hombre movió el brazo en el inconsciente gesto de buscar unas monedas; ella siguió prendida a la manga. Al advertirlo, él tomó la decisión: la atrapó con un rápido movimiento y la guardó en el bolsillo de la campera; la aspereza de ese ser luminoso lo sobresaltó. Con el tiempo justo hizo la seña al micro, las gomas rezongaron en el asfalto. “Tengo mi ruchiérniki” se ensimismó mientras descargaba su fatiga en el segundo asiento, al lado de una mujer mayor, que lo miró de reojo. ¿Y se asfixiaba o se aplastaba? Creyó advertir todavía un débil titileo unos segundos después, pero nada más. Era tarde, los alumnos de la nocturna habrían subido en el micro anterior; la mayoría de los pasajeros dormitaba o yacía abismada en el silencio. Sintió la tentación de tantear el bolsillo para volver a encontrarla, pero desistió, no faltaba tanto para llegar a casa.
                El colectivo se había ido vaciando, al llegar al arroyo se apeó. Docenas de luciérnagas guirnaldeaban los altos pastos de la orilla; las contempló con una atención diferente, mientras rozaba, casi como una caricia, el bolsillo con su tesoro oculto. Caminó la cuadra y media que lo separaba de su casa; el único foco estaba apagado y en las tinieblas se apresuró a buscar las llaves. El corazón le dio un respingo cuando se dio cuenta de que estaban allí, en el bolsillo que cautivaba su luciérnaga.
                Inclinó la cabeza. Una ráfaga de aire fresco le acarició el rostro; el hombre buscó en ella algo de claridad para sus pensamientos. Extendió la mano izquierda como una pantalla protectora, mientras la derecha se introducía en el bolsillo con suavidad y decisión. Le extrañó no descubrir ningún indicio del insecto, lentamente tomó el manojo e inició la etapa más difícil: sacar las llaves sin que ella se escapara. Después de reflexionar un largo momento, lo intentó con un súbito tirón. En ese instante inmarcesible sintió el leve roce contra el dorso de la mano; la reacción refleja disparó las llaves hacia el rincón más oscuro del pastizal de la vereda descuidada. La había perdido.
                El hombre se quedó inmóvil; un raro estremecimiento fue creciendo desde su interior y un hilo de llanto comenzó a deslizarse por sus mejillas. El destello volvió a sacudirlo, y eran dos destellos, porque la lucecita verdosa rebotaba, intermitente, sobre las llaves, a un metro de sus pies. El hombre se inclinó; antes de recogerlas la miró por última vez y se dejó llorar unas lágrimas de años, de lustros.




















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